Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Un buen amigo mío periodista, y el aspirante a la presidencia del Gobierno por el Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, coinciden en definir el escándalo protagonizado por el fiscal general, Álvaro García Ortiz, como un “Watergate” propio, a pesar de que poco tienen ambos en común.
No miento si les sugiero que un final que pusiera de manifiesto la maldad de los hechos me haría feliz como ciudadano y como periodista
El fondo de la cuestión y los hechos que en este asunto se dirimen –el uso de una documentación que no puede ser divulgada para tratar de hacer daño a sus opositores políticos- es, efectivamente el mismo, y parte de la invasión nocturna de una banda de asaltantes reclutados por el entorno del presidente Richard Nixon al cuartel general del partido demócrata en las dependencias del complejo Watergate de la capital, para obtener información privada que dañara el prestigio de sus oponentes.
Por fortuna, y desafiando la presión de la Casa Blanca, un periódico, el “Washington Post”, y una pareja de jóvenes reporteros del medio llamados Robert Woodward y Carl Bernstein, a las órdenes de un director ejemplar como Ben Bradley, y protegidos por una propietaria poderosa e independiente por nombre Katharine Graham, aceptaron el reto y consiguieron demostrar que el presidente y su equipo de colaboradores habían sobornado, robado y mentido para ocultar el desarrollo de una trama delictiva cuyo objetivo era el espionaje y la obtención de información por vía ilegal capaz de dañar la credibilidad del partido antagonista.
Núñez Feijóo y mi amigo han catalogado, cada uno a los suyo, este caso como un “Watergate” propio y así es en verdad, pues quien quiera que haya llevado a cabo la actividad que se dirime en la causa –hay que suponer que ha sido Ortiz pero hay que defender también el principio de presunción de inocencia-, ha filtrado documentos privados en una práctica que está tipificada como delito en el ordenamiento jurídico español, y cuya génesis expresa la casi certeza de que, tras la operación de filtrado de esa información, está la teledirección de Moncloa y la actitud y la ordenanza del presidente del Gobierno.
Este escenario tan delicado se ha cobrado con el jefe del PSOE madrileño, Juan Lobato, su primera víctima. No miento si les sugiero que un final que pusiera de manifiesto la maldad de los hechos me haría feliz como ciudadano y como periodista.
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