Elecciones

TINTA DE VERANO

Publicado: 07 oct 2026 - 02:10
Opinión en La Región
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Cuando se redactó la Constitución de 1978, España acababa de salir del franquismo. La prioridad era construir una democracia estable y evitar que el poder político volviera a concentrarse excesivamente en una sola persona. Un sistema presidencial habría dado una legitimidad directa muy fuerte a una sola persona. En cambio, el modelo parlamentario hace que el Gobierno tenga que mantener la confianza del Congreso.

Los redactores de la Constitución no estaban inventando el sistema desde cero. España se inspiró bastante en las democracias parlamentarias europeas de su entorno, especialmente, Alemania e Italia. Y había una razón práctica: tras la Segunda Guerra Mundial, muchos países europeos habían diseñado sistemas parlamentarios precisamente para evitar los problemas que habían producido las democracias inestables de entreguerras.

Al escribir estas líneas, acaban de convocarse elecciones generales a ambas Cámaras (Congreso y Senado). Merced al sistema parlamentario establecido en nuestra Constitución, son los diputados quienes eligen finalmente al presidente del Gobierno. Si a ello unimos, además, que las listas al Congreso son cerradas (a diferencia de lo que sucede con el Senado) el sistema parece tender a alejar el voto de la ciudadanía del resultado final.

De hecho, cada elección general encierra una pequeña paradoja. Los partidos presentan candidatos que aspiran a la presidencia y los ciudadanos votan pensando en ellos; pero, después, el sistema recuerda a todos que aquello no era exactamente lo que estaban votando. El elector deposita una papeleta y obtiene un diputado, el diputado obtiene un escaño y participa en una investidura y de aquella suma acaba saliendo un presidente.

Dicho de otra forma: cualquiera de los líderes que pudiera aspirar a la presidencia del Gobierno será elegido diputado por el voto de las personas que estén censados en su circunscripción y opten por el partido político en cuya lista figura esa persona. Pero una señora de Soria no vota, en realidad, por el líder de uno de los partidos; al igual que un joven estudiante de Lugo tampoco lo hace por el de otro. Cada cual vota solo a los diputados que le representarán.

Aquella prudencia de 1978 quizá no tenga hoy la misma justificación. Nuestra democracia ha adquirido experiencia, las instituciones han desarrollado mecanismos de control y los ciudadanos están acostumbrados a votar. Y aun así, seguimos utilizando un procedimiento en el que, sabiendo a quién queremos como presidente, necesitamos esperar al recuento para averiguar si nuestro voto ha servido realmente para elegirlo.

Ciertamente, una elección directa tampoco resolvería por sí sola los problemas de representación, los pactos o la fragmentación política. Pero tal vez haya llegado el momento de preguntarse si seguimos necesitando que la voluntad popular dé tantos rodeos para llegar al lugar donde realmente quiere llegar. No porque el sistema de 1978 haya fracasado, sino porque una democracia también puede madurar y cambiar sin dejar por ello de reconocerse.

De momento, todo sigue siendo perfectamente constitucional, lo que no obsta para que quizá sea también perfectamente mejorable. Al fin y al cabo, si sabemos quién quiere gobernarnos, si conocemos quién encabeza, en realidad, cada candidatura y si votamos pensando en esa persona, quizá no resulte tan extraño que alguna vez podamos hacerlo de forma directa. ¿O acaso habrá algún votante que el 29 de noviembre no tendrá eso en mente?

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