Elogio del vino de aquí

EL ÁLAMO

Publicado: 20 ago 2026 - 02:10
La Región

Los días orensanos fueron también sus noches de cenas y vinos. Llamaba a menudo a mi querido Víctor de la Serna -¡cómo se le echa de menos!-, para que me recomendara algún vino de la Ribeira Sacra, que el gran cronista gastronómico de la prensa española era también un entusiasta de las bodegas gallegas. Elegir un buen vino es tarea demasiado complicada para mis manos torpes, y siempre que puedo lo suplico a otra autoridad, a la espera de la alegría que ya otros antes han experimentado en el juego casi espiritual del olfato y el gusto.

A veces eran los de Casal de Armán, Guímaro, o Eduardo Peña, otras Pedrouzos, Luis Anxo Rodríguez, o Ponte da Boga. Víctor respondía con prontitud y paciencia. Prontitud, porque era una enciclopedia de vinos andante, velocísimo; y paciencia porque, por su talento y condición, vivía inundado de consultas fugaces, a menudo reiterativas, que atendía siempre con alegría y generosidad. Puedo afirmar que no hubo consulta, al inicio de la cena, que haya dejado sin respuesta, en aquellos días de descubrir una patria líquida y evocadora que todavía me era ajena.

El vino aquí es temblor de historias, poso de afectos, calor de amores, y refugio de melancolías. Mencía, Godello, los de Ribeiro. Ilustrados como libros gruesos y antiguos, días de ayer en vinos de hoy, carbón y ramas secas como en la canción de Manolo García, y frutos de flores. Vino y queso. Vino y un pincho de la casa. Vino y vino.

Al candor de la amistad, en feliz camaradería con las voces de confianza, en el amor de dos cisnes enlazados por gotas moradas, o en la botella solitaria que vuelve áurico al viajero de la bohemia, los días orensanos fueron, en fin, fiesta de anocheceres vaporosos, terrazas de luz de luna, y escritos urgentes, tantos cuadernos, que fueron días de escribir bajo las estrellas, sin descanso, apurando el tiempo hasta la última gota de la estilográfica, del tinto a la tinta.

Mencía, Godello, los de Ribeiro. Ilustrados como libros gruesos y antiguos, días de ayer en vinos de hoy, carbón y ramas secas como en la canción de Manolo García

Vino, silencio, y claustro. Ora et labora. Oraciones en latín, benedictinos, cistercienses, y Regla de San Benito. Vinos para el buen Dios. Que a los sobrecogedores monasterios medievales de las riberas del Miño y del Sil les debemos la recuperación y el impulso de esta viticultura en empinadas laderas, una tradición que en origen se remonta a los romanos. Viticultura heroica, colgando sobre el discurso fluvial, para vinos como amores, vinos sobrenaturales.

Ayer en un mencía fresco y veraniego, en el declinar de la tarde perezosa, con los críos aun jugando en los parques entre las primeras penumbras de la noche, me lanzó la memoria a aquellos días del vino de la Ribeira Sacra, de beberlos y glosarlos, de besar las paredes de las bodegas llenas de historia y de historias, de conversar en estas tierras con los que todavía hoy obran el milagro de las copas rebosantes de felicidad.

Hay algo en el olfato que nos lanza en un segundo a otro lugar, a otra edad, a otra vida. Imágenes, aromas, y hasta el delicadísimo recuerdo del tacto. Y es inmediato. Pero hay algo también en el gusto que nos hace aterrizar lentísimo, entre una reminiscencia y una aspiración, que el fruto del Mencía siempre es baño hacia el presente, que no es vino para lagrimear en nostalgias sino para empezar vivir, como una juventud regada de nuevo, como un nuevo comienzo, como algo que celebrar.

Precisamente en estos días ha llegado a las tiendas “Las calles de Madrid”, primera obra póstuma de Víctor de la Serna, en donde trae al presente la memoria viva de su Madrid, que tan bien conocía, que tanto me enseñó, entre vinos y manjares; casi siempre los pedía gallegos, en tributo a mi presencia en la mesa. Quizá por eso, como en un movimiento maquinal, sin pretenderlo, abrí anoche un delicioso y fresquísimo mencía en homenaje al gran cronista que me descubrió la felicidad del vino de la tierra orensana, que fue de acogida un tiempo, hace ya casi una década, cuando la primavera era una danza de ángeles, a los balcones se asomaban las flores, y los calores otra excusa para un brindis.

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