Emergencia climática

Publicado: 21 sep 2026 - 03:50
Opinión en La Región
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En lo más tórrido del estío del año 1976 -la hemeroteca es testigo incuestionable-, el diario La Región debatía cómo era posible que las burgas aún manasen agua cuando el resto de fuentes se habían secado por el sofocante calor. Mientras, en medio de la sequía, salían en procesión rogativas clamando agua al Cielo, sin dejar claro si respondía con las consabidas tormentas de finales de julio y mediados de agosto, al considerar a los feligreses sobradamente impíos, castigándolos con sucesivas oleadas de incendios saldadas con hidroaviones en los montes del Instituto para la Conservación de la Naturaleza, ICONA, y como mejor se podía en los comunales y privados.

Esto nos lleva a que, sin exageraciones, más de media España ansía que las generaciones X, Millennials y Centennials pudieran haber conocido en carne propia lo que suponía viajar en un ocho y medio o un cuatro latas, apelotonados en el interior una media de seis y hasta ocho viajeros; con los asientos de escay pegándose a la piel, las ventanillas abiertas de par en par, no ya para ventilarse, sino para no ahogarse por falta de oxígeno, por aquellas sinuosas carreteras de los años 70 del pasado siglo, serpenteando vías como la N-525 a la altura del Puerto de Fumaces o el cuello de botella de puentes y túneles del Padornelo, a pleno sol achicharrando el capó, rondando el festivo 15 de agosto, sin poder refrescarse más que en las fuentes de dudosa potabilidad que tapizaban la carretera nacional, estratégicamente dispuestas para refrescar el radiador del motor.

Así las cosas, la misión de tanto eufemismo no es otra que la de someter a la ciudadanía para que sea buena y obediente al poder, sin desdeñar los pingües beneficios que rodean a tanta tontería.

Por aquellos años, a todo esto se le llamaba, simple y llanamente, verano, sin más. No como ahora, en la edad del neologismo, donde una combinación de perífrasis, circunloquios y altisonancias, han metamorfoseado a la estación estival en pomposa “emergencia climática”, dentro de la más pura línea grandilocuente de llamar “ciclogénesis explosiva” a lo que toda la vida fue un temporal de invierno.

Así las cosas, la misión de tanto eufemismo no es otra que la de someter a la ciudadanía para que sea buena y obediente al poder, sin desdeñar los pingües beneficios que rodean a tanta tontería. Porque a la sumisión del ciudadano, plegado a los dictados gubernamentales, se suma la intemerata de guita generada a partir de la materia prima vertida a los contenedores de la basura, y que estos pillos explotan una y otra vez bajo la excusa del reciclaje y la ecología; y a quien discuta o disienta, aun con el libro en la mano, se le define como “negacionista” en un intento de desposeerlo de alma y, por lo tanto, susceptible de ser excluido de la especie humana y precipitado al foso de los cocodrilos. Es decir, que por el interés te quiero, Andrés, aunque a ti te destruyo.

Pero que nadie se engañe, no es que se cuestione el cambio climático, que lo hay, lo hubo y siempre lo habrá. Desde su estrado el decano de la Universidad de Pekín, en un estudio que sostenía que la extinción de los dinosaurios se debió a la cantidad de pedos que se tiraban los herbívoros, la Tierra se mantiene en permanentes cambios y subcambios climáticos, germen de lagunas como la de Antela, Fonmiñá. Cospeito, Corrubedo o a Frouxeira y otras, provocadas por el calentamiento global por exceso de boñigas de caballo, burro, asno y otros cuadrúpedos, en tiempos anteriores a los motores de combustible fósil. Estamos hoy en un período interglaciar que persigue a una nueva glaciación no más allá de unos 500 años, cuando la última terminó hace unos 11.700. No había coches, fábricas ni aviones, pero desde organismos como la ONU o la UE, insisten en darle la vuelta a la tortilla tildando de irresponsables a quien se niega a mirar para otro lado ante tanta evidencia.

El temor a ser excluido o tachado de rebelde -antes revolucionario y ahora negacionista o fascista- hace que a diario haya gente que la caga y descargue la cisterna del váter, desentendiéndose de a dónde va a parar tanta mierda, en un tiempo en que el sentido común es una maldición que obliga a reconocer a cuanto zoquete nos rodea. Y, por cierto, llegados a este punto y hablando de aviones, a ver cuándo despega el primer vuelo eléctrico transatlántico experimental con ecopolíticos.

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