Fernando Jáuregui
El (quizá) último viaje de Sánchez a las Naciones Unidas
La profunda crisis que se ha instalado en el mundo occidental parece que por largo tiempo no es, ni mucho menos, ni una casualidad, ni un fenómeno repentino. Más bien, se trata de la confirmación del ocaso de los principios que fundaron la llamada cultura jurídica europea, si se quiere, cultura jurídica occidental. En efecto, la matriz cultural y política del Estado de Derecho, principal expresión de toda una civilización y una forma de entender el mundo se resquebraja ante el pensamiento único dictado en este tiempo por las tecnoestrucuras del poder político y del poder financiero.
A poco que se contemple la realidad circundante se observa como el primado de los derechos fundamentales de la persona se pisotea y lesiona por doquier, empezando por el derecho a la vida. Por otra parte, la separación de los poderes es cada vez más complicada, habiéndose admitido, como algo inevitable, el dominio de uno de los tres poderes del Estado sobre los otros. Y, por si fuera poco, nos encontramos no pocos parlamentos convertidos en espacios para la conformación de la ley entendida, no como producto de la razón, sino del enfrentamiento y la confrontación pues la democracia se concibe como una pura cuestión de estadística, como aritmética política, puro formalismo al servicio del poder de turno.
En el fondo, es el triunfo de Hobbes sobre Tomás de Aquino, la victoria de la voluntad sobre la razón, el predominio del poder sobre el derecho del que, sin embargo, no se habla ni se escribe mucho, salvo en determinados ámbitos que suelen ser tachados de lo mismo que en tiempos proferían las dictaduras o tiranías que todos conocemos.
A poco que se contemple la realidad circundante se observa como el primado de los derechos fundamentales de la persona se pisotea y lesiona por doquier, empezando por el derecho a la vida.
A esta situación se ha llegado, precisamente a través de un gradual y sutil proceso de desmontaje de los más elementales rudimentos del Estado de derecho. Y no sólo eso, si en lugar de cultivar el gusto por el pensamiento, sobre todo en los jóvenes, se inocula desde la cúpula la dictadura del emotivismo y el reinado del consumismo insolidario, resulta que las humanidades nada pintan y hasta deben desterrarse de los planes de estudios a favor de una visión más pragmática y funcional, más economicista. En este ambiente, la utilidad se impone, el lucro todo lo justifica y la única ley que se tolera es la del máximo beneficio en el más breve plazo de tiempo posible. En el terreno político, el voto a cualquier precio, usando los procedimientos o métodos que sean, eso es lo de menos. En este contexto, Europa y sus señas de identidad poco a poco van desapareciendo.
Europa, el viejo continente, bien lo sabemos y es una realidad incontestable por más que algunos no les guste, expresa una forma de entender el mundo y la vida que trae causa de la filosofía griega, del derecho romano y de la cultura cristiana. Pensamiento, justicia y solidaridad han articulado, de forma indeleble e indisoluble, los rasgos definitorios de un continente, hoy profundamente enfermo, que hizo de la indignación frente a la esclavitud y a la dominación un paradigma que animó tantas manifestaciones de lucha por la libertad y la igualdad en tantas partes del mundo.
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