Emilia Pardo Bazán y la comensalía

A MESA Y MANTELES

Publicado: 17 may 2026 - 02:40
Xavier Castro
Xavier Castro

Las novelas de Emilia Pardo Bazán permiten un acercamiento a la mentalidad y costumbres de las gentes de Galicia, en el siglo XIX, cuyos trazos más relevantes han pervivido esencialmente hasta la década de 1960, en que tuvo lugar el gran giro de guion en lo que concierne a la vida cotidiana. Pero no son menos ilustrativos sus narraciones breves publicadas en la prensa y agavilladas más tarde bajo los rótulos de Cuentos De mi Tierra, Del Terruño y De Marineda.

En uno de sus más interesantes relatos, el xeste, la autora alude a una de las típicas comidas (por lo general, un pequeño banquete, denominado en Lugo conrobra) que el propietario de un edificio en construcción ofrecía al poner el ramo en la terminación de los muros. La descripción que brota de la pluma de Doña Emilia acerca de este grupo de canteros simbióticos del rural posee un neto valor sociológico, por lo que vale la pena evocarla: “Eran obreros -no condenados, como los de la ciudad, a la eterna rueda de Ixión de un trabajo siempre el mismo-. Mestizo de cantero y labriego, en verano sentaban piedra, en invierno atendían a sus heredades. Organizados en cuadrilla, iban a donde los llamasen, prefiriendo la labor en el campo, porque en las aldeas, ¡retoño!, se vive más barato que en el pueblo, se ahorra casi todo el jornal, para llevarlo, bien guardado en una media de lana, a la mujer, y mercar el ternero, y el cerdo, y las gallinas, y la ropa, y la simiente del trigo, y algún pedacillo de terruño. No sentían la punzada del ansia de gozar como los ricos, que asalta al obrero en los grandes centros; el contacto de la tierra les conservaba la sencillez y las aspiraciones limitadas del niño”.

La autora se recrea en dar cuenta en cómo era el típico caldo popular en contraposición con el de los privilegiados, como el que se les ofrecía en aquel xeste: “¡Vaya un caldo, amigos, vaya un caldo de chupeta!

El grupo había recibido orden del señor de que entrasen todos a calentarse a la lumbre mientras se acababa de alistar la comilona de la que participarían todos: los canteros, peones y también el chiquillo que acarreaba los picos. En esta ocasión las perspectivas eran muy ventajosas: “¡Daba gusto tratar con señores, no con contratistas miserables! El xeste del contratista..., sabido: un cuarterón de aguardiente, una libra de pan reseso. ¡En el obsequio del señor se vería lo que es rumbo!”.

La autora se recrea en dar cuenta en cómo era el típico caldo popular en contraposición con el de los privilegiados, como el que se les ofrecía en aquel xeste: “¡Vaya un caldo, amigos, vaya un caldo de chupeta! Caldo lo comían diariamente los canteros: constituía su alimentación; pero era una aguachirle, unas patatas y unas berzas cocidas sin chiste ni gracia. Por real y medio diario de hospedaje”. Su satisfacción era grande, ya que: “A este caldo no le faltaba requisito: su grasa, sus chorizos, su rabo, sus tajadas de carne... Y al elevar la cuchara a la boca, los canteros se estremecían de beatitud. Sólo en Nadal, y allá por Antruejo, y el día de la fiesta de la parroquia, les tocaba un caldo algo sabroso, ¿pero como este?”

La cocinera de los señores les ofreció además bacalao a la vizcaína, “de lamerse los dedos, según estaba blando, sin raspas, nadando en aceite, con el gustillo picón de los pimientos”. Vinieron después “despojos de cerdo con habas de manteca, y en pos la paella, o lo que fuese; un arroz en punto, lleno de tropezones de tocino, que alternaban con otros de ternera frita”. Se les sirvió además unas orondas, “majestuosas empanadas de sardina”. Los comensales trasegaban todo esto a sus bandullos ayudados por buenos tragos de un rico tinto del Borde, en tanto la cocinera reía, “mirando con babosa ternura a aquel guapo muchacho de tan buen diente”. En cuanto despacharon tales manjares, les sirvió el clásico arroz con leche y canela, al que acompañaban unas tortas de huevo y miel, “tan infladas, que metían susto”. Por ende, se tenía por requisito que los postres no podían comparecer sin aguardiente, “una caña de Cuba, especial”.

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