Gonzalo Iglesias Sueiro
A caza do home
¡ES UN ANUNCIO!
Mi primer coche costó cien pesetas. Era un Audi Quattro blanco con rayas rojas, grises y negras. Tenía unos faros antiniebla redondos en la parte de delante y una antena muy muy larga en el techo. El alerón trasero no era demasiado grande, lo justo, supongo, para ganar velocidad. Más que el resto al menos. Mi Audi Quattro no perdió ni una sola de las carreras que disputó.
Nunca perdió. Nunca, hasta aquel día.
De nada me sirvieron todas las victorias aplastantes, he de decir que con un pequeño grado de humillación sobre todos mis oponentes. Nunca supe perder, pero mucho menos supe ganar. Gestión aciaga de una felicidad desaprovechada.
Sabía manejar mis ventajas. Mis artimañas de legalidad dudosa pero imperceptibles para mis oponentes. Mi Audi Quattro era mejor en líneas rectas, pero perdía eficacia en circuitos donde las curvas operan en gran parte del terreno. Solucioné la carencia de mi coche ofreciéndome de manera voluntaria a diseñar las pistas sobre la tierra. Así, con una mano atravesada dibujaba estrechas las rectas, pero juntaba ambas manos para que las curvas fuesen más amplias. Convertir todo en una perfecta línea imaginaria que cruzar sin giros. Nunca perdía.
Hasta aquel día que llegó ella. Emma la alta.
La reté a una carrera de dos en un intento casi desesperado por recuperar mi estatus de protagonista odiado al que envidian con admiración.
Traía un Ferrari GTO, un modelo llamativo por su diseño y color, que no destacaba por su velocidad punta pero sí por su suspensión. Tenía el pelo cobrizo.
Emma la alta me ignoraba. Estrategias desestabilizadoras de resultado óptimo. Me ignoraba a mí, campeón mundial de carreras en pistas de tierra. De pronto una sensación áspera que rascaba por dentro.
Todo el parque estaba alrededor de Emma la alta. Alrededor de su dicción perfecta. Como la novedad de una atracción desconocida, mientras mi Audi Quattro y yo observábamos desde una soledad poco habitual.
La reté a una carrera de dos en un intento casi desesperado por recuperar mi estatus de protagonista odiado al que envidian con admiración.
Emma la alta aceptó con la condición de que, en caso de salir vencedora, se quedaría con mi Audi Quattro. Acepté sin pensarlo. Sin requisito de vuelta. Mi Audi era mucho mejor que su GTO. Pero peor que Emma la alta.
El circuito era bastante sencillo, lo hizo uno de cuarto curso para que fuese neutral. No necesitaba de mis artimañas, era imposible perder aquella carrera. De pronto una sensación suave me recorría los huesos.
Emma la alta guardó su Ferrari y sacó de su mochila un Chevrolet Corvette. El coche más rápido y eficaz que existía. No había manera humana de ganar.
Ganó ella, claro, sin apenas rozar la simetría de sus rodillas en la tierra.
Le di mi coche, mi primer coche que costó cien pesetas. Me retiré de toda competición, y, me enamoré.
Emma la alta se cambió de colegio al terminar aquel curso. No volví a verla nunca más, puede ser que ahora sea solamente Emma.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Gonzalo Iglesias Sueiro
A caza do home
Isaac Pedrouzo
¡ES UN ANUNCIO!
Emma la alta
Xaime Calviño
LA PREGUNTA DEL DÍA
En Portada Ourense: Y la finca sin desbrozar... "de quen vén sendo?"
Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Lo peor de Pedro Sánchez
Lo último
LOS TITULARES DE HOY
La portada de La Región de este sábado, 30 de mayo
JUNTA GENERAL DE ACCIONISTAS
Galán vaticina que el crecimiento de Iberdrola va a ser “imparable”
ORÁCULO DAS BURGAS
Horóscopo del día: sábado, 30 de mayo