Enero aborrascado

EL ÁLAMO

Publicado: 29 ene 2026 - 04:40
Opinión en La Región
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Cielo de tez aborrascada. Lumbre al hogar. Más allá de las montañas, cendal de nieve, postales del mismo invierno que vieron los abuelos. Cruzar la ciudad entre granizo, cellisca en las afueras, chaquetones sobre pieles gruesas, negros y marrones, plásticos y térmicos, guante y gorra para la hora de la gresca en las esquinas de corrientes que roban los paraguas y alborotan las melenas. Andan los animales como fantasmas inéditos, como resucitados en suelos blancos, reencontrándose con el instinto de lo que fueron tiempo atrás, cuando caminar sobre el manto nival era lo cotidiano, bajo estas coordenadas del calendario. Lunes fríos y largos, y perezosos, que nos erizan la piel al separarnos del calor de las mantas, para arrojarnos como vencidos de una guerra justa contra la cara hostil de otro invierno.

Días de volver a lo primario, de valorar lo clásico. Gracias al buen Dios por la cama, el horno, el abrigo, y la ducha entre vapores. Este enero nos abate y nos conmueve, nos zarandea en la caja de cristal de los placeres y privilegios, y nos muestra la pequeñez del individuo, aclimatada por el candor de la civilización tan providencialmente construida a través de los siglos. Lo que seríamos ahora sin el abrigo que nos ciñe ante estertores, sin la comodidad del calentador, sin la compañía de la buena literatura.

Tras el atracón de multitudes de diciembre, este agonizante enero es un divisor, que nos desprende de lo que creemos que somos, de lo que damos por supuesto, y nos sitúa frente a frente ante la crueldad de la naturaleza, que por no tener moral tampoco podría ser clemente. En el telediario, las carreteras del colapso, los trenes de la suerte, y las fuentes congeladas. Nieve en las estaciones y en las ciudades, y estampas que se dan dos o tres veces por vida, conservadas en la memoria para contar a los nietos, que nunca creerán que algo así es posible mientras no pase.

Escribo y arrecia el granizo contra la ventana, como si el cielo quisiera derribarla, y volver todo hielo y páramo. Están prendidas todas las luces en las ventanas de la calle, aunque medie la tarde, que el temporal lo oscurece todo antes, y en cada una de ellas se percibe la alegría del techo cubierto, la tranquilidad de afrontar otra madrugada en el cálido amparo de una trinchera que mal que bien mantenemos, ya sea propia, ya alquilada, más que nunca por días como estos, en que la diferencia entre lo esencial y lo superfluo se desdibuja, que en días rudimentarios todo lo básico es no morir de frío, alguien a quien abrazar, un caldo caliente antes de dormir, y la compañía de las letras, y hasta de las ondas.

Pronto caerán las persianas, hora de la cena en familia, donde no existe el frío, o de la cena en soledad, donde el radiador es casi un hermano, y al final del camino dejaremos otro día tachado en el almanaque, con esta pesadez en los pies que nos trae el invierno, cada vez nos sale más caro en salud, a medida que vamos olvidando los recuerdos de niñez y las noches siempre jóvenes, cuando la única temperatura importante era la del corazón. La lluvia o la nieve no eran siquiera accidentes, sino un decorado irrelevante, que podría tímidamente embellecer la hazaña o dejarla como estaba.

Con el primer socavón en las nubes, abrillantarán el cielo un par de estrellas de gélidas, y entre el manto de vapores de hielo dejaremos morir la intemperie al otro lado del cristal. A la hora de la cama, nos batiremos en duelo con los recuerdos, que el oído tiene buena memoria, al escuchar silbar al viento entre edificios como cuando de críos lo escuchábamos –papá aún hacía ruido en la cocina-, y con la lluvia de pedriscos como orquesta nocturna del resguardo, caeremos al pozo de la inconsciencia con la sonrisa serena de quién ha comprendido lo más importante: cuando la naturaleza enseña los dientes, es hora de sentirnos privilegiados por lo más cotidiano; tal vez por eso los santos, según leo en viejos diarios de invierno, solían dormirse al fin con unos versos de agradecimiento a Dios por regalarles, un día más, lo esencial para sobrevivir a las nieves, incluso en la más gélida austeridad.

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