La enésima trampa fiscal

Publicado: 17 may 2026 - 03:50
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La ilusión fiscal es una de las artes más refinadas del poder. Consiste en lograr que el ciudadano aplauda agradecido porque el Estado le devuelve durante unas semanas una pequeña parte de lo que le va a quitar. No es una rebaja. Es una representación. Es una maniobra. Y en España este Gobierno ha perfeccionado ese teatro con una soltura admirable.

Lo estamos viendo con la electricidad. En marzo, en medio del ruido geopolítico de Oriente Medio y con el nerviosismo de los precios convertido en problema político, el Ejecutivo aprobó una rebaja del IVA y del Impuesto Especial sobre la Electricidad. Se anunció con el entusiasmo habitual, como si de pronto el Gobierno hubiera descubierto que cargar fiscalmente un bien básico no era precisamente una muestra de sensibilidad social. Durante unos días se construyó el relato para invitarnos a creer que el poder estaba del lado de los ciudadanos.

Pero no se engañen. No se trataba de eso. No se trataba de asumir que las familias pagan demasiado. No se trataba de reconocer que la electricidad no puede seguir siendo una mina recaudatoria disfrazada de política pública. Se trataba de apagar un incendio político. Y, como casi siempre, la trampa estaba en la letra pequeña.

Porque aquella rebaja venía con fecha de caducidad y, peor aún, con una cláusula de salida cuidadosamente escondida. Se nos vendió que rebajar los impuestos a la electricidad era algo positivo (¿por qué no los rebajan para siempre, entonces?), pero se diseñó como medida transitoria y condicionada. Dicho de otro modo, el Gobierno bajaba los impuestos con una mano mientras con la otra dejaba preparado el mecanismo para anular la rebaja sin ruido. Eso también tiene un mérito propagandístico al que no se le presta la suficiente atención.

La excepción se vende como compromiso. El parche se presenta como política social. Y mientras tanto el ciudadano, que bastante tiene con pagar, no entiende nada de lo que está sucediendo. Un mes le rebajan un impuesto para que respire. Al siguiente se lo vuelven a poner, pero procurando que apenas se note

La cuestión decisiva estaba en junio. Si la evolución del IPC no cumplía determinadas condiciones, la rebaja dejaría de aplicarse. Es decir, la supuesta protección fiscal no dependía de una decisión estable, ni de una reflexión seria sobre la presión tributaria que soportan los hogares. Dependía de una condición técnica que permitía al Gobierno presentarse primero como salvador y desaparecer después del escenario sin necesidad de dar demasiadas explicaciones.

Y eso es exactamente lo que ha ocurrido. La inflación no ha ofrecido el pretexto necesario para prolongar el alivio. De modo que la rebaja fiscal desaparece. Volverán a subir el IVA a su valor habitual del 21% el primer día de junio. Del mismo modo, el Impuesto Especial sobre la Electricidad volverá a su valor de siempre. Y para esto no habrá un gran debate parlamentario. No. Se hará en silencio, que es como se hacen estas cosas cuando el relato vale más que la verdad. Volverán a meter la mano en nuestros bolsillos sin ningún tipo de pudor.

Aquí está la trampa central. Lo temporal se convierte en propaganda. La excepción se vende como compromiso. El parche se presenta como política social. Y mientras tanto el ciudadano, que bastante tiene con pagar, no entiende nada de lo que está sucediendo. Un mes le rebajan un impuesto para que respire. Al siguiente se lo vuelven a poner, pero procurando que apenas se note. Y si nadie protesta, mejor. Objetivo cumplido.

Lo más interesante es el silencio de la izquierda ante este episodio. Cuando se aprobó la rebaja, faltó tiempo para celebrarla como una decisión valiente, social y necesaria. De repente bajar impuestos era algo positivo. Ya no era neoliberalismo salvaje. Ya no era un pecado ideológico. Milagros del oportunismo, cuando el desgaste aprieta hasta el socialismo descubre las virtudes terapéuticas de aliviar al contribuyente. Pero ahora que llega la hora de desandar el camino, ya no hay golpes en el pecho. Ahora callan, miran al techo. Si hace unas semanas bajar los impuestos era poco menos que un gesto humanitario, entonces subirlos ahora, ¿qué es?

La verdad es bastante más simple que toda esta comedia teatral. Este Gobierno no baja los impuestos porque crea que son excesivos. Los baja cuando el coste político de mantenerlos intactos se vuelve insoportable. Y los vuelve a subir cuando el incendio remite. No hay doctrina fiscal detrás. Hay cálculo político. No hay respeto al contribuyente. Simplemente hay gestión del malestar.

Por eso conviene no engañarse. Esto no es justicia fiscal. Es ilusión fiscal. Una exhibición de trileros con la factura de la luz. Primero te cobran demasiado. Luego te devuelven un poco para que lo agradezcas. Después te lo quitan sin hacer ruido. Y al final todavía esperan que les des las gracias por su sensibilidad social. Hay que reconocer que, como ejercicio de cinismo, el modelo es impecable.

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