Tal como entra, sale

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 07 jun 2025 - 07:52
Opinión en La Región.
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Podría ser casualidad u otras rarezas que pasan, pero creo en el poder con que la genética moldea personas y personalidades.

De mi padrastro, por ejemplo, heredé los eso no me preocupa con que voy deslizando algunas cosas hasta el último momento. Casi siempre bordeando tanto tanto el demasiado tarde que hasta resulta inconcebible no precipitarse. De mi abuelo heredé no saber perder, mucho menos saber ganar, y gracias a él caí de manera inevitable en todos los no hay huevos que me fui encontrando por el camino.

Tragaba cada guindilla más y más rápido manteniendo el tipo. Una, dos, tres. Impasible, pero acelerando de manera gradual el sufrimiento. Catorce, quince

Meé desde lo alto del Puente Romano.

Probé algunas cosas que no puedo (debo) contar.

Mi abuelo solía visitar sitios distintos. Cuando era más joven, quiero decir. Al hacerse mayor uno ya solo frecuenta los bares que no suponen una alteración inesperada de la realidad. La vida se convierte en una especie de inercia inalterable. Como el muñeco de barro. Como tus mentiras de jardín.

El bar favorito de mi abuelo era O Volter, también conocido como el Tucho, su dueño, aunque bautizado así resultado de una ocurrencia loca de Vicente Risco.

Risco vivió bajo las goteras que el Tucho nunca arregló.

Que nunca quiso arreglar.

A mi abuelo siempre le gustó lo auténtico. En los bares, en los puros.

Una tarde cualquiera, porque al Volter se iba así, de manera espontánea y ligera, uno de sus parroquianos decidió llevar un bote de guindillas. De esos ovalados que siempre terminan su vida siendo macetero. Varios de los presentes comprobaron en su garganta lo dócil que podían resultar los peores pimientos de Padrón al lado de aquel vegetal demoníaco.

Algunas lágrimas. Bastantes carcajadas. Una mirada retó a mi abuelo consciente de que no existía ninguna posibilidad de declinar tal desafío. Así, mi abuelo acomodó el licor café y, con gesto vigoroso, comenzó a tragarse una a una todas las guindillas que había en el bote. Su piel fue mutando de tono usando al completo toda la gama existente de rojos. Tragaba cada guindilla más y más rápido manteniendo el tipo. Una, dos, tres. Impasible, pero acelerando de manera gradual el sufrimiento. Catorce, quince. Allí, sin dejar que ninguna gota de sudor asomase, fue capaz de comerse el bote entero, y al terminar, con su tranquilidad imperativa, exclamó Y ahora brindo por todos ustedes. Agarró el bote y de un solo trago instantáneo ingirió la salmuera. Se terminó el licor café, levantó la mano en señal de victoria y se fue a su casa.

Digo, y puedo decirlo por ser yo portador de toda la información, pues tengo la historia familiar como herencia, que nadie pudo entrar en aquel baño durante días. La peste de aquellas guindillas al salir todavía revolotea por el pasillo de ese piso ya vacío.

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