Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Aquí no dimite nadie
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Como estos días se va a hablar mucho del Vaticano conviene no olvidar que es un Estado, con todos los elementos de un Estado, es decir, una administración. Y en función es la misma que cualquier otra. Quizá hoy valga la pena recordarlo con una curiosa anécdota de los tiempos de aquel obispo que tuvo Ourense, de origen burgalés de no unánime recuerdo, quizá por eso el genio popular de ourensano lo motejaba con las tres bes de “bestia, brava y burgalesa”. Alguna vez me ha referido aquí a los desencuentros entre el Obispado de esta diócesis y algunos de los jóvenes sacerdotes, algunos entre ellos descubrieron que se habían equivocado de vocación y solicitaron ser reducidos al estado laical, lo cual, como se sabe, tiene efectos civiles, pero dado el carácter que impone el orden sagrado éste es indeleble, como presumía el político gallego Basilio Álvarez de modo ciertamente rotundo. Decía este personaje que él conservaba las prerrogativas del citado orden afirmana: “E si eu invoco a Dios, fódese e baixa”.
En el caso que cuento es cierto que, por ser queridos en la zona donde ejercían el sacerdocio, gentes de la zona intentaron mediar con el obispo que los dispersara, y cuando fueron a entrevistarse con su eminencia éste les dijo que era gestión vana, pues el ya consultara con quien debía el asunto. Y la preguntarle quién era ese consejero, Temiño replicó sin inmutarse “el Espíritu Santo”. O sea, que nada se puede alegar ante quien trata personalmente con una de tres personas de la Santísima Trinidad. Pero la historia tiene otro perfil desde el humor. Me la contó uno de los protagonistas que, afortunadamente vive y bebe, que yo resumo en lo esencial y que es prueba de que gran parte de las cosas de nuestra vida, hasta donde no sospecharíamos, es pura burocracia con la que se debe tratar. Pero el ingenio ourensano es capaz de superar todas las contingencias; ingenio y humor, debo precisar.
Éranse varios sacerdotes ourensanos que deseaban ser reducidos al estado laical; es decir, colgar la sotana y luego fue, como luego fueron, padres de familia. El caso es que por haches o por bes, el asunto no prosperaba y a Ourense no llegaba la resolución que les permitía salir del limbo donde se hallaban y emprender otros caminos en la vida con total seguridad. Pero el más audaz de los afectados investigó y descubrió que el asunto dependía de que al decreto de reducción le diera curso en una oficina de la Curia Vaticana, en concreto de una determinada oficina. Así que, sin pensarlo dos veces, nuestro hombre se plantó en Roma y se fue directamente al centro de la Iglesia.
Por esas cosas de la vida se encontró con que el funcionario eclesiástico que estaba al frente del departamento era otro sacerdote, también gallego, de modo que al presentarse ante él lo recibiera con la lógica cordialidad que acostumbramos, de suerte que el que iba a buscar y el que tenía que otorgar se hicieron amigos. Así que el avispado ouresano invitó al otro a pasar unos días en Galicia, cosa que este aceptó encantando, no sin decirle: “Cuando vuelvas a Ourense ya estará el documento en el Obispado”. Y así fue. Luego, el de la oficina se vino unos días por aquí y con el tiempo acabó el mismo colgando la sotana, la casulla, el alba y el manípulo de su oficio, menos mal que antes de ello pudo hacer una buena acción.
La experiencia de nuestro personaje es altamente expresiva de lo que son las cosas de la vida. El audaz ourensano descubrió que el futuro de la suya se concretaba entre el camino entre dos oficinas del Vaticano, la que cursaba las solicitudes de renuncia y la que estaba enfrente que las resolvía; pero la suerte a veces se acomoda al interés de quienes la busca y nuestro hombre tuvo la suerte de dar con la dependencia adecuada, al primer intento y, sobre todo, que en la misma estuviera otro gallego. La historia que resumo en lo esencial, pero es reflejo de un tiempo pasado en que tantos sufrieron inútiles padecimientos. En una de mis visitas a Roma tuve curiosidad por ver la oficina de la historia y gracias a un amigo romano pude conocerle, y era una oficina como otra cualquiera, sin nada de particular, pese a que allí se resolvía la vida de muchas personas como la que cuento.
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