La escalera olvidada

MUJERES

Publicado: 19 jul 2026 - 01:10
Opinión en La Región
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Se cuentan algunas anécdotas que más bien parecen chascarrillos, pero que no lo son. Por ejemplo, recuerdo alguna de ellas, como la del banco, sucedida hace muchos, pero que muchos años. Parece ser que en la explanada de un cuartel se pintó un banco de madera que estaba bastante deteriorado por los elementos atmosféricos. Para que nadie se sentara en él, se ordenó a un soldado que hiciese guardia a pie del susodicho, y así se hizo. Entre que la pintura se secaba o no, los mandos superiores fueron cambiados, y sin saber el origen de aquella vigilancia por parte de los nuevos jefes, los soldados se siguieron turnando sin que nadie anulase la orden.

Así pasó el tiempo hasta que un nuevo cambio tuvo lugar, y alguien se fijó en el banco y su soldado. Al preguntar a qué se debía tal cosa, nadie supo dar razón y por fin fue anulado aquel cuidado inútil que se cobraba la permanencia constante de un hombre durante días y noches, verano e invierno. Bueno, pues este absurdo no tenía más razón que el olvido y la inercia. Algo parecido sucede con la noticia que se puede leer en cualquier comentario, video, o referencia que tenga que ver con la fachada de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, uno de los lugares más sagrados del cristianismo. Y una se pregunta: ¿cómo es posible que pasen estas cosas, y precisamente en lugares tan especiales? Y una se responde a sí misma que no sabe, pero que es así. Se le llama “La escalera olvidada en la catedral”.

Otro olvido, que en este caso trae consecuencias, podría decirse de “de alto voltaje”. Se trata de una escalera de obra, corriente, de madera, con la que se trabajó en algún momento la citada fachada, y que durante unos 300 siglos permanece fija, pero sin sujeción alguna de seguridad, en el sitio en que se olvidó su retirada. Hoy es el asombro de quien la ve. Nunca se tocó, y según parece no se tocará jamás, porque para hacerlo tiene que haber consenso entre las seis comunidades cristianas que comparten la custodia del templo. Al parecer en una ocasión una de ellas intentó retirar el “ornato” y se armó la de San Quintín. Desde entonces no hubo más conatos, y ahí sigue como muestra de la eternidad concedida en nombre de la paz, por falta de una solución humanamente lógica. Así que no se extrañen, queridos lectores, de que el mundo que habitamos esté como está. Natural.

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