Espagueti boloñesa

Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

He hablado sobre ello alguna vez. En los bares. En las comidas familiares. Pero es que las mejores historias van y vienen a lo largo de la vida. Como las personas. Como tú.

Sucedió en el número veinti algo de la calle Celso Emilio Ferreiro. La de La Casa de la Juventud, la del Telepi, la de la catástrofe que levantó el asfalto y las aceras. La de la mañana de los helicópteros y los S.W.A.T. Allí vivía mi familia. En un piso de color blanco lleno de humedades donde me eché la siesta mientras el 11S tambaleaba la sobremesa de las salas de estar y yo soñaba con aviones y agujeros.

Era el sexto piso, el último, al que podías llegar más rápido caminando por la escalera que subiendo en el ascensor. El tiempo estimado que dura un acto sexual de duración media. El de ellos, quiero decir.

Había perdido la dignidad durante el trayecto desde la Fifiies hasta mi casa. La Fifities, una discoteca con nombre de los cincuenta, que parecía de los ochenta y ponían música de los noventa. Demasiado desorden. Demasiadas escaleras.

Meé un poco en el escaparate del Pablo Enrique, que era una tienda de ropa de mujer con nombre de hombre. El resto del pis se me salió en la puerta del Bachata -discoteca que sí hacía honor a su nombre- porque el pis de las noches alegres se sale, a veces en los pantalones, a menudo en las puntas de los pies.

No recuerdo cruzar la Avenida de la Habana, tampoco mirar tu ventana, como cuando haces un trayecto rutinario sin darte cuenta y la inercia toma el control de todos tus movimientos. El piloto automático, la inconsciencia veladora.

Las aceras se estrechaban y las luces parecían asteriscos simétricos, como las farolas de las carreteras nacionales cuando llueve. Como cuando me quito las gafas.

Acerté a la primera con la llave del portal, poco común en mi manera de beber, y me quedé un tiempo indescifrable en el ascensor, viendo como un tipo que no era yo me miraba desde el espejo. Al caer en la cuenta de que seguía en el mismo sitio pulsé el botón del seis.

“Si me duermo estaré bien”, pensé, pero la borrachera es caprichosa en su actividad. En su consecuencia. Para evitar el lavabo, la puerta contigua del dormitorio de mis padres, se me antojó como mejor alternativa el balcón

Ya en mi cuarto me desnudé entre varios movimientos asimétricos y laboriosos con resultado óptimo: en el esfuerzo de quitarme los calzoncillos el peso de mi cuerpo se rindió de bruces y con saña contra el colchón. Un espectáculo de seísmos y temperaturas variables me revolvieron todo el cuerpo. “Si me duermo estaré bien”, pensé, pero la borrachera es caprichosa en su actividad. En su consecuencia. Para evitar el lavabo, la puerta contigua del dormitorio de mis padres, se me antojó como mejor alternativa el balcón. Vomité los espagueti boloñesa al vacío de Celso Emilio Ferreiro. Pude ver la violencia del impacto contra la acera.

Por la mañana una nota en el ascensor “Se ruega no vomiten por el balcón, tengo los geranios llenos de espaguetis. Atentamente: la vecina del primero”.

Al Bachata, por cierto, nunca entré.

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