Jorge Vázquez
SENDA 0011
La trampa del modelo
CUENTA DE RESULTADOS
La noticia de que el fabricante chino Saic/MG estudia instalar en España su primera fábrica europea, con el foco puesto en Galicia, no es solo un titular industrial: es el síntoma visible de un cambio económico profundo. Detrás de esa decisión –y de otras como la inversión prevista por Hithium en una planta de baterías en Navarra– late una cuestión mucho más amplia: qué papel quiere jugar España, y con ella Europa, en la relación económica con China en un mundo cada vez más fragmentado.
El debate europeo sobre Pekín suele formularse en términos geopolíticos: China como rival sistémico, socio incómodo o competidor tecnológico. Sin embargo, para economías como la española, la cuestión es ante todo económica. La instalación de plantas industriales chinas en territorio europeo no responde solo a estrategias diplomáticas, sino a la necesidad de mantener actividad productiva, atraer inversión y asegurar posiciones en sectores clave, como el vehículo eléctrico o las energías renovables.
La posible fábrica de MG ilustra bien esta lógica. Para las empresas chinas, producir en Europa permite minimizar el impacto de los aranceles impuestos por Bruselas a los vehículos eléctricos fabricados en China. Para España, en cambio, la ecuación es distinta: significa empleo, transferencia tecnológica y presencia en una industria que definirá el futuro económico del continente. No se trata de un intercambio simétrico, pero sí de una interdependencia inevitable.
La cuarta visita en cuatro años del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a Pekín ha sido interpretada por algunos socios europeos y por Washington como un movimiento que podría desalinear a Madrid del consenso occidental. Sin embargo, esa lectura ignora una realidad esencial: la política hacia China no se define únicamente en términos de seguridad o alianzas militares, sino también –y cada vez más– en términos de competitividad económica.
La posible inversión china en una planta de MG en Galicia cobra impulso tras la visita de Pedro Sánchez y el viaje de Alfonso Rueda
España no cuestiona el marco europeo que define a China simultáneamente como socio, competidor y rival sistémico. Lo que sí parece cuestionar es la tendencia a reducir el debate a la estrategia de reducción de riesgos sin plantear, a la vez, una agenda de crecimiento industrial. La autonomía estratégica europea no puede limitarse a disminuir dependencias: debe consistir también en aumentar capacidades.
Ese enfoque explica el pragmatismo español. Históricamente, la modernización económica del país ha estado ligada a la apertura comercial y a la atracción de inversión exterior. Desde la entrada en la Comunidad Económica Europea (CEE, hoy UE) hasta el desarrollo del sector automovilístico, la integración en las cadenas globales de valor ha sido un factor decisivo de crecimiento. En ese contexto, apostar por una relación económica activa con China no es una anomalía, sino una clave más de esas cadenas globales.
Este pragmatismo no puede confundirse, en todo caso, con ingenuidad. La relación con China está marcada por profundas asimetrías. Europa denuncia desde hace años las dificultades de acceso al mercado chino, la falta de reciprocidad regulatoria y la competencia de empresas respaldadas por el Estado. Estas tensiones no son retóricas: afectan directamente a la viabilidad de industrias europeas y al equilibrio comercial. Por ello, la cuestión central no es si Europa debe relacionarse con China, sino en qué condiciones.
@J_L_Gomez
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