Julián Pardinas Sanz
España, mucho más que una selección de fútbol
Hay países que se construyen sobre una idea. España, además de una idea, es una realidad forjada durante siglos por generaciones que, con sus diferencias, han sido capaces de levantar una de las naciones con mayor riqueza histórica, cultural y artística del mundo. Basta recorrer sus ciudades, sus pueblos, sus catedrales, sus monasterios, sus castillos o sus paisajes para comprender que el verdadero patrimonio de España no pertenece a una región concreta: pertenece a todos.
Con los años he llegado a una convicción que se hace más firme cada vez que viajo por nuestro país: España es mucho más que una selección de fútbol, por brillante que sea y por muchas alegrías que nos haya dado. Cuanto más la recorro, más descubro, y cuanto más descubro, más me gusta. Siempre aparece un pueblo desconocido, una iglesia románica, un castillo, una playa escondida o un paisaje que deja sin palabras. Pero, sobre todo, descubro el carácter abierto y acogedor de sus gentes, la verdadera riqueza de esta nación.
La diversidad española nunca ha sido un problema, sino una de sus mayores fortalezas. Las lenguas, las tradiciones, la gastronomía, las fiestas populares y las distintas formas de entender la vida han convivido durante siglos enriqueciendo un proyecto común. Galicia, Asturias, Castilla, Andalucía, Aragón, Cataluña, Valencia, Extremadura, Murcia, Canarias, Baleares, Navarra o el País Vasco poseen una personalidad propia que no resta, sino que suma al conjunto.
Ningún proyecto político debería construirse sobre el desprecio a una parte de la propia nación ni sobre la manipulación del pasado para justificar la ruptura del presente.
Junto a esa diversidad existen rasgos compartidos que nos unen: una historia común, una cultura universal, un patrimonio artístico incomparable, un idioma hablado por centenares de millones de personas y el esfuerzo de generaciones que construyeron una nación admirada en el mundo. España no es una suma de compartimentos estancos; es el resultado de siglos de convivencia y de aportaciones mutuas.
Por eso resulta profundamente triste comprobar cómo determinados nacionalismos han hecho de la división su principal argumento político. Allí donde antes se enseñaba el orgullo de compartir una historia, ahora se siembra el recelo. Allí donde la pluralidad era motivo de enriquecimiento, algunos levantan fronteras sentimentales y presentan como enemigos a quienes siempre fueron compatriotas.
Ningún proyecto político debería construirse sobre el desprecio a una parte de la propia nación ni sobre la manipulación del pasado para justificar la ruptura del presente. La identidad no necesita excluir para afirmarse. Se puede amar profundamente la tierra donde uno nació sin dejar de sentirse parte de una realidad mucho más amplia.
España merece ser contemplada con admiración y no con resentimiento. Merece que su extraordinario patrimonio histórico, cultural y humano sea preservado y transmitido a las futuras generaciones. Porque la auténtica riqueza de nuestro país no reside solo en sus monumentos o en sus paisajes, sino en la herencia común que millones de españoles han construido juntos. Destruir ese legado por intereses políticos de corto recorrido sería una enorme irresponsabilidad. Cuidarlo, fortalecerlo y sentirnos orgullosos de él es la mejor manera de honrar a quienes nos precedieron y de legar a quienes vendrán una España unida en su diversidad y orgullosa de su historia.
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