Julián Pardinas Sanz
España, mucho más que una selección de fútbol
CAMPO DO DESAFÍO
Así, como socio fiable y responsable, es como Marruecos desea que interpretemos su papel en el asalto a Ceuta. Un socio, desde el punto de vista español, a todas luces muy poco de fiar y harto irresponsable en plena ola de desconfianza de Europa hacia el inmigrante. La situación, más allá del lenguaje de las cancillerías, no admite muchos paños calientes. El asalto, la invasión, porque no de otra forma puede calificarse lo ocurrido en una ciudad que censa poco más de ochenta mil habitantes, es un hecho político y social muy grave que, por el momento, se ha salvado con la pérdida lamentable de un centenar de vidas en el mar y el ánimo encogido de una población desprotegida. Porque Ceuta, como Melilla, han mostrado la asombrosa improvisación y negligencia de las autoridades españolas a todos los niveles.
La desigualdad entre ambas orillas del estrecho es manifiesta y la emigración actúa como válvula de escape ante las insuficiencias del sistema y la ineficacia de la economía marroquí
En realidad, hemos vivido un nuevo capítulo en la larga lista de desencuentros entre Marruecos y España que, sin demasiado desatino, podemos remontarlo a la guerra del Rif que, en sus derrotas humillantes y victorias pírricas, cumple ahora un siglo. Existe, sí, un precedente moderno y simbólico que solo el deseo por pasar página y estrenar la democracia, de la inmensa mayoría de la sociedad española del momento, dejó en segundo plano: la Marcha Verde ordenada por el rey alauita Hassan II en 1975 para hacerse con el control del entonces Sáhara español. Ya entonces, el controvertido largo brazo del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, había dejado un inocultable rastro en aquella masiva movilización. Durante el medio siglo posterior se han sucedido los encontronazos y las aparentes reconciliaciones, pero desde este lado del estrecho podemos constatar que la diplomacia marroquí se ha mostrado extraordinariamente sibilina, capaz de obtener réditos constantes y tejer alianzas poderosas con Estados Unidos, ahora también con Israel, frente a la estrategia del apaciguamiento y la negligencia de las posiciones españolas.
Descontextualizando lo sucedido, no costaría demasiado cargar las culpas sobre la gestión de Sánchez y Albares y en particular determinadas políticas progresistas sobre inmigración, pero es necesario no perder la perspectiva. Para una población semejante, 49 millones en España, 40 en Marruecos, el PIB español multiplica por diez el marroquí. La desigualdad entre ambas orillas del estrecho es manifiesta y la emigración actúa como válvula de escape ante las insuficiencias del sistema y la ineficacia de la economía marroquí donde, Mohamed VI, es un lejano e impenetrable monarca absoluto que gobierna con mano de hierro los asuntos clave de su país. En estas condiciones, la fiabilidad y responsabilidad esgrimidas son siempre la mercancía que España y Europa pagarán con redoblada generosidad para salvar la soberanía de las plazas españolas y la amenazante ola migratoria sobre el continente.
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