La España que trabaja

Publicado: 18 ago 2026 - 00:10
Opinión en La Región
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Hay una España que no sale en los telediarios. No protagoniza ruedas de prensa, no ocupa tertulias ni inunda las redes sociales. Es una España silenciosa que no pide aplausos ni busca titulares. Es la España que, sencillamente, trabaja. Y si nuestro país sigue funcionando pese al creciente deterioro del debate público y a la permanente tensión política, es gracias a ella.

Mientras la política se consume en un enfrentamiento constante, millones de españoles siguen levantándose cada mañana con una única preocupación: cumplir con su obligación. Son jueces que aplican la ley aunque sus resoluciones desagraden a unos u otros. Son fiscales que defienden la legalidad sin preguntarse si sus decisiones serán bien recibidas por el Gobierno o por la oposición. Son policías y guardias civiles que salen a la calle sin saber qué les espera, pero con la certeza de que su deber es proteger a todos por igual.

También son médicos, enfermeras, profesores, bomberos, militares, funcionarios, transportistas, agricultores, empresarios y trabajadores anónimos. Personas que entienden que el prestigio de una profesión no se construye con discursos, sino con responsabilidad. Son quienes sostienen el país mientras otros se empeñan en dividirlo.

Existe una diferencia esencial entre el poder y el servicio. El poder busca protagonismo; el servicio acepta el anonimato. El primero vive pendiente del siguiente titular; el segundo, de hacer bien su trabajo. Y conviene no olvidar que las democracias no sobreviven gracias a los discursos de quienes gobiernan, sino gracias a la integridad de quienes cumplen diariamente con su deber.

Resulta paradójico que en una época obsesionada con los derechos se hable tan poco de las obligaciones. Hemos convertido la crítica permanente en una forma de entretenimiento y la desconfianza en una actitud casi obligatoria. Se cuestiona a las instituciones con una ligereza preocupante, como si fueran estructuras vacías, olvidando que detrás de ellas hay miles de profesionales cuya única ambición es desempeñar dignamente su cometido.

Naturalmente, hay errores. Hay incompetentes y también corruptos. Siempre los ha habido y siempre los habrá. Pero son la excepción, no la regla. Sin embargo, basta un escándalo para sembrar sospechas sobre colectivos enteros. Se desacredita con facilidad a jueces, fiscales, policías o sanitarios por la actuación de unos pocos, mientras el trabajo impecable de la inmensa mayoría apenas merece una línea.

Ese descrédito indiscriminado tiene un coste enorme. Porque cuando se erosiona la confianza en quienes garantizan la justicia, la seguridad, la educación o la sanidad, no se perjudica únicamente a esos profesionales. Se debilita el propio Estado y se resiente la convivencia.

España necesita recuperar el respeto por quienes sirven al interés general. No un respeto ciego ni una inmunidad frente a la crítica, sino el reconocimiento que merece quien ejerce su función con honestidad, independencia y profesionalidad. Exigir responsabilidades cuando alguien falla es una obligación democrática; convertir la sospecha en norma es una profunda injusticia. Conviene recordarlo en tiempos de tanto ruido: España no se sostiene por quienes más gritan. Se sostiene por quienes trabajan. Por quienes llegan los primeros y se marchan los últimos. Por quienes cumplen la ley aunque nadie se lo agradezca. Por quienes entienden que servir es más importante que figurar.

Ellos son la auténtica columna vertebral del país. La España que no presume. La España que no hace propaganda. La España que, pese a todo, sigue funcionando.

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