Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Viernes, 21 de febrero
Me llama la nostalgia. Después de paseos erráticos, aquí estoy en una terraza en la Plaza Mayor de Salamanca. Te cuento. Aquí fui feliz un año a finales de los sesenta cuando preparaba el entonces jodido ingreso en periodismo. Cae un sol blando sobre esta plaza, sin duda una de las más bellas del mundo. Cielo santo, hostal Villa Rosa, así se llamaba aquel confortable hostal en que vivíamos seis huéspedes un poco extraños. Recuerdo la chica que nos atendía, cómo alargaba las últimas vocales tal se hacía en los pueblos salmantinos. ¿Qué será de aquellos seis huéspedes que compartieron conmigo un año feliz a finales de los sesenta? Un bilbaíno bebedor que estudiaba derecho, pero su vocación era ser un profesional del póquer. Estaban dos futbolistas profesionales del Salamanca, entonces en primera división. Uno de ellos, era un extremo rápido y de fácil regate. El otro era un guardameta al que le gustaba la fiesta y la noche. Sucedía que algunas noches, a eso de las doce, llamaba un directivo para comprobar que se acostaba pronto, como dios manda. Fui su cómplice. Si llamaba el directivo, yo tomaba el teléfono y respondía por él, imitando su voz. “Buenas noches, señor directivo, me cuido y estoy entrenando duro para el próximo partido”.
Supe pronto que su pasión era quemar la noche en el populoso barrio chino
El cuarto huésped era un portorriqueño que llevaba ya ocho o nueve años estudiando medicina. Cada mes le llegaba un cheque desde San Juan de Puerto Rico. Supe pronto que su pasión era quemar la noche en el populoso barrio chino. Ah, en una ciudad como Salamanca, “arte, saber y toros”, no podía faltar un huésped novillero. Se llamaba Hilario Taboada. En su habitación tenía varios capotes, banderillas, algunas orejas y un rabo que había logrado en una corrida en Valencia. Era gallego. Le agradeceré siempre que me introdujese en ese mundo de los toros. Me llevó a “tentaderos”, donde los matadores se ejercitaban a veces con reses bravas. Todo en el campo. Allí comí las mejores paellas de mi vida. Me presentó a aquel torero legendario, El Viti, allá en el Gran Hotel donde se citaban apoderados y toreros. Lo veo ahora en una barra del hotel, discreto en una esquina, imperturbable, muy serio y siempre erguido. “Un torero lo es en la plaza y en la vida”, me decía Hilario.
Pero, hermano lector, he de decirte que yo había logrado hacer colaboraciones taurinas en aquel periódico, “El Adelanto”. Tuve la suerte de entrevistar a toreros y banderilleros.
Recuerdo a Diego Bardón, un torero extremeño que pretendía hacer una corrida “pánico” y contestaria. Habría poetas, entre ellos Oroza, que recitarían en el centro de la plaza, pintores de renombre que harían murales en la arena, y vendrían celebridades nada cercanas al régimen del general. Había anunciado que el maestro de ceremonias sería el propio Dalí. Enseguida, las autoridades prohibieron el evento.
Allí en el hotel conocí a un personaje, El Pipo, aquel fulano que descubrió a El Cordobés, el torero que cuando la tele era en blanco y negro, toreaba y se paraba España. Tenía sus trucos, cuando había periodistas delante, le daba discretamente al torero billetes de mil pesetas que El Cordobés repartía entre los “maletillas” que pretendían ser toreros.
(Escribo de un tirón en una terraza en la Plaza Mayor de la ciudad, “Salamanca, tierra mía”, cantaba el Príncipe Gitano. De pronto, un flash. ¿Qué será de Manuela, aquella chica de largas piernas y mirada encendida?. Una historia de amor muy complicada. Qué mal lo pasé cuando la acompañaba a su casa en una plazuela cercana a la casa de Unamuno. Entonces, al atravesar la plaza, un grupo de niños casi adolescentes me apedreaban. Como buen hijo de ‘La Raia’, sorteaba los guijarros sin inmutarme para que me viese valiente. Ocurría siempre, pero yo la dejaba en la puerta donde vivía. Muy cerca estaba El Pato Rojo, una cafetería que todavía existe. Una tarde le pregunté al barman por qué me apedreaban. Me llevó a una esquina y, muy bajo, me dijo: “Mire, esa chica hasta hace poco era la novia de ‘fulanito’, la estrella del Salamanca”.
Engullo un café amarguísimo como una estocada certera, me levanto y me pierdo entre paseos erráticos).
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