Alfredo Conde
A TRIRITA
A ledicia de vivir
CAMPO DO DESAFÍO
En la final de la Eurocopa de fútbol de 2008, España se lo jugaba todo ante Alemania. Me encontraba en San Sebastián, viendo el partido por televisión, con las ventanas abiertas para recibir la brisa de un verano anticipado. Cuando Fernando Torres marcó el gol, el 1-0 de la victoria, desde otros domicilios y los bares a pie de calle, se alzaron gritos y aplausos de un público hasta entonces aparentemente desinteresado con las evoluciones de la Roja. Ese día, pensé, algo había cambiado en Euskadi. La gente había perdido el miedo a expresarse. En 2011, ETA anunciaba el cese definitivo de su actividad armada.
El Mundial de fútbol, que hace apenas un mes España ha ganado con todo merecimiento, vertebrando su juego alrededor de muchos futbolistas del Barcelona, fue seguido en Cataluña con similar intensidad a la de cualquier otro rincón de España. En consecuencia, el F.C. Barcelona preparaba un homenaje a sus mundialistas en el primer partido de la Liga que se jugara en el Camp Nou. Un reconocimiento de la afición a sus fantásticos jugadores, a las eficientes estructuras de fútbol base del propio club y una oportunidad para mostrar, al mundo entero, la excelencia de su plantilla. Quienes todos los días ponen su granito de arena para que el Barça sea a toda costa més que un club, el homenaje previsto no podían sino entenderlo como una loa insoportable a la selección española, peor aún, un vasallaje inadmisible del catalanismo deportivo que habría que sabotear hasta hacerlo imposible.
Laporta, al envolverse en la bandera y obviar aquella pluralidad sentimental, además de hacer un feo a sus jugadores y aficionados, ha achicado un club universal.
Días antes, en Elche, unos policías nacionales aplicaron “un uso desproporcionado de la fuerza”, en palabras de Marlaska, sobre un joven aficionado del Barça que portaba una bandera estelada. El suceso, que en otras circunstancias no hubiera desbordado la habitual susceptibilidad de los círculos indepes, esta vez sí encontró terreno propicio para su avance, cual avalancha nepalí.
Laporta, presidente del Barça, con tendencia natural a lo imprevisible y juguetón, decidió cancelar el acto de homenaje a sus laureados futbolistas y convocar otro en “exaltación” de la estelada. Un mar de banderas convirtió el campo del Barça en una manifestación de aparente fuerza soberanista. Y digo aparente porque los nacionalistas, de cualquier nación, hablan siempre por boca del pueblo, ese ente manoseado, gaseoso y no mensurable. La experiencia, no solo la vasca durante el paroxismo etarra, enseña que los individuos tendemos a poner una vela a dios y otra al diablo, una al Barça y otra a la selección española, una a Cataluña y otra, compatible con la anterior, a España, a Europa o al apatridismo. Laporta, al envolverse en la bandera y obviar aquella pluralidad sentimental, además de hacer un feo a sus jugadores y aficionados, ha achicado un club universal.
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