Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
CRÓNICA PERSONAL
Mientras pueda, José Luis Ábalos va a seguir siendo diputado y será juzgado por el Tribunal Supremo. Mientras pueda, callará ante las instancias judiciales y mantendrá su estrategia de intentar que se anule la causa abierta contra él.
Ábalos es un hombre que sabe de estrategia y se mueve como nadie en el mundo de la política
Enfrente tiene al magistrado Leopoldo Puente y al fiscal Anticorrupción Alejandro Luzón. Los dos de larga experiencia que saben que cualquier decisión será analizada con lupa por un gobierno y un Psoe que pretenden echar abajo las diferentes iniciativas relacionadas con la presunta corrupción que se ha vivido en el Psoe y en el propio gobierno, e intentan desprestigiar a los jueces y fiscales que han intervenido y están interviniendo en la instrucción y en las citaciones a los encausados para que comparezcan ante los tribunales.
El tiento con el que actúan los encargados de impartir Justicia es absoluto, conocen perfectamente las consecuencias demoledoras que tendrían para esos profesionales que pudieran dar pie a ser acusados de law fare, dejarse llevar por cuestiones ideológicas en lugar de aplicar con el rigor que requiere su trabajo. De hecho, desde que se iniciaron las informaciones sobre presunta corrupción, con un alcance jamás sospechado porque afecta incluso al círculo más próximo al presidente de gobierno, han sido múltiples las declaraciones de dirigentes del sanchismo que han pronunciado esas dos palabras malditas para intentar echar abajo la credibilidad de jueces y fiscales.
Ábalos es un hombre que sabe de estrategia y se mueve como nadie en el mundo de la política; tuvo un papel clave en la biografía de Pedro Sánchez y su elección como secretario general del Psoe primero y presidente de gobierno después. Con el tiempo se sabrá si decidió no declarar ante el tribunal, y prescindir de su abogado defensor el día anterior a su comparecencia ante el Supremo, para buscar la nulidad de la causa abierta. Si fue así, ni el juez ni el fiscal cayeron en la trampa, y en contra de lo que se suponía no decretaron prisión preventiva sino mantener las anteriores medidas cautelares, comparecencia cada quince días, retirada del pasaporte y prohibición de abandonar el territorio.
Los magistrados se mueven con máxima prudencia, la que no demuestran la mayoría de los políticos actuales, que con una superficialidad que raya en la falta de respeto a la Justicia arremeten contra las decisiones que no comparten. Porque quieren mayor castigo para sus adversarios, o porque quieren más benevolencia hacia sus afines.
El problema para Ábalos y sus actuales o antiguos compañeros que intentan defenderle o marcar distancia con él para no contaminarse, es que la mayoría de los españoles, entre ellos infinidad de socialistas no sanchistas, piensan que Ábalos es una persona no fiable. Si ha delinquido lo determinará un tribunal, pero no hay quien le salve de su imagen de hombre que se ha aprovechado de su cargo ministerial, conoce los bajos fondos más sórdidos, ha utilizado dinero público para costear su vida nada ejemplar y ha arrastrado las siglas del Psoe por el fango.
Esa imagen deplorable, con prisión o sin prisión, ya no se la quita nadie.
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