Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Café con Amancio Ortega en Zara
CRÓNICAS DE VERANO
The Refrescos mintieron. En Madrid sí hay playa. Vaya, vaya. Hay varias y están en el pantano de San Juan, y por allí se ha podido ver estos días a la presentadora Cristina Lasvignes llevando el timón de una lancha rápida con sus hijos a bordo. Lo terrible de ser periodista y trabajar en verano frente a la pantalla es que todo lo que te permite hacer es escaparte a un pantano un sábado a navegar y cerrar los ojos y soñar que surcas el Mediterráneo. Sin embargo, dicen que está feliz sin vacaciones, porque su regreso a televisión, y estreno en Mediaset, después de años alejada de los focos supone una excepción, que a fin de cuentas es muy raro regresar a la pantalla bien entrados los 40 años, cuando la audiencia aún te asocia con los éxitos y la popularidad de los años dos mil.
Quien no se anda con pantanos es el rey Felipe, que navega estos a bordo del Aifos, de regata en Palma de Mallorca, donde se ha llevado un susto de muerte sin inmutarse. Una pesada vela y su botavara se ha desprendido accidentalmente y ha caído en mitad del velero, pasando a pocos centímetros de la cabeza del monarca, que se encontraba sentado buscando algo en su mochila. A la tripulación casi le da un infarto por el intento de regicidio de la botavara republicana, pero el rey se limitó a levantar la cabeza un instante, y seguir rebuscando en su mochila, sin el menor gesto de inquietud. La sangre azul es templada.
Miguel Bosé está probablemente en el mejor momento de los últimos años. Tras su vuelta a los escenarios, descansa unos días en España, donde se le ha podido ver en compañía de sus hijos, su hermana Paola Dominguín y otros familiares, comiendo en Mia Restaurante en la isla de Palma, como decía la canción de Antonio Flores. Al salir de la cita de uno de los restaurantes favoritos de los Reyes, como un adolescente más de su tiempo, los fotógrafos del cotilleo inmortalizaron a Bosé consultando su móvil en un banco de la calle. Los comentaristas de las tertulias llaman la atención con el hecho de que parece “muy tranquilo” en el banco, “con la pierna cruzada”, y dicen que “eso es buena señal”; o eso he escuchado decir a una señora en televisión. Me fascina que, cuando no hay nada de nada que comentar, los tertulianos de la prensa rosa interpretan hasta los silencios.
Will Smith es ya casi tan de la familia como en su día lo fue Emilio Aragón. Le encanta España y aquí parece estar siempre de buen humor, no como cuando va a los Ocars y alguien se ríe del peinado de su mujer, que entonces muta a Kung Fu Panda. Ha dado un show muy sonado en Marbella, en el Starlite, y sin desmerecer su carrera musical construida netamente sobre su popularidad televisiva, yo sigo escuchando la sintonía de El príncipe Bel-Air cada vez que veo su jeta. El actor ha aprovechado el concierto en Marbella para sacar al escenario el Oscar que ganó en 2022 y que no pudo celebrar entonces, tras el incidente con el monologuista de la gala Chris Rock, al que sacudió una elegante y serena bofetada por reírse de la alopecia de su mujer. Una bofetada, por otra parte, bien dada, no por la polémica sobre los límites del humor que se promovió entonces artificialmente, sino porque lo mínimo que se le puede pedir a alguien que hace bromas en televisión es que sean graciosas. Ese es el único límite del humor que conozco. Y Chris Rock en aquella gala tenía tanta gracia como una endodoncia sin anestesia.
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