La ética del “killer”

EL ÁNGULO INVERSO

La ética del “killer”
La ética del “killer” | Alba Fernández

JUEVES, 8 DE ENERO

Hay que joderse con los repartidores de publicidad. En una plaza céntrica, un hombre de color, alto, cómo te diría, de mirada perturbadora, tenía un puñado de folletos en la mano. Lo que me sorprendió al verlo fue que solo le daba el papel a personas escogidas. Salió mi instinto periodístico y me acerqué extendiendo la mano, pero él pasó de mí, con gesto despectivo. No me arredré. Le insistí, como si presintiese que lo que ofertaba era bueno para mí.

Por fin, clavó sus ojos en mí y, muy discreto, me entregó el folleto. Te diré, amigo lector, lo que decía: “Busco trabajo. Solo acepto trabajos sucios. Muy confidencial”. Por supuesto, hermano lector, guardo con mimo el impreso. En estos tiempos turbulentos, no está mal tenerlo a mano”.

Era el 75, días después de la Revolución del 25 de abril. Portugal se estremecía, todo podía suceder.

Lo ocurrido me recordó a un artículo que escribí hace años, “Killer de la Raia”. Inevitablemente, recordé a aquel fulano que conocí en un tugurio justo en la frontera. Me detuve en la madrugada en un cafetín de luces rojas, ya cerca de Chaves. Era el 75, días después de la Revolución del 25 de abril. Portugal se estremecía, todo podía suceder.

Entré en el cafetín: humo, vino verde, música de Amália Rodrigues y el local atestado de fulanos inquietantes. Acababa de caer toda la cultura de Salazar, y en el local estaba toda la cultura de la Raia. Toda la genética de siglos, de luchas entre carabineros y guardinhas. Como si se sintiesen los pasos apresurados de hombres con fardos al hombro en la clandestinidad. Como los zorros, que sabían limpiar con el rabo las huellas. Tipos que te preparaban un pasaporte falso en pocas horas. Tipos que ataban abultados billetes con una goma. Yo estaba en una esquina observando y se me acercó un portugués fortachón, con una zamarra muy lusitana y un palillo en los dientes.

“¡Oiga, ¿busca algo?”, me preguntó. “Tal vez tenga un trabajito para mí”, añadió. Le respondí, “¿a qué se dedica usted?”. “Me busco la vida con un oficio muy personal. Mire, le hablo sin tapujos, por 10.000 escudos le doy una buena tunda a su enemigo. Si hay que romperle una pierna o algo así, entonces son 30.000 escudos”.

Yo guardé silencio. Él pareció empujarse por mis ojos. “Bueno, si quiere algo más serio, se lo hago, pero usted tiene antes que demostrarme que es una mala persona, porque sepa usted que yo soy un ferviente devoto de la Virgen de Fátima”.

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