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La geopolítica del chip ha dejado de ser un debate para especialistas y se ha convertido en un capítulo central de la política internacional. Si durante años los semiconductores fueron el nervio invisible de la globalización, la explosión de la inteligencia artificial los ha colocado en el centro del tablero: quien controle la frontera de cómputo controla, en buena medida, la competitividad económica, la superioridad militar y la autonomía estratégica. Esa es la tesis de fondo que recorre el análisis de Darío García de Viedma, investigador del Real Instituto Elcano, al describir el salto hacia lo que denomina Pax Silica: un perímetro político y material levantado alrededor de la cadena de valor del chip.
La metáfora es deliberada. Tras la Pax Americana, el orden que se perfila no se organiza solo con tratados o bases militares, sino con litografía, memoria HBM, restricciones de exportación, subsidios y reglas financieras. La declaración fundacional de esa Pax Silica –no vinculante, pero cargada de intención– se firmó en Washington el 11 de diciembre de 2025 y reúne a un grupo selecto: Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Singapur, Países Bajos, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido y Australia. Otros actores relevantes quedan en estatus de invitados u observadores, como Taiwán y la Unión Europea. El mensaje es inequívoco: el acceso a la vanguardia tecnológica ya no es solo cuestión de mercado; es cuestión de alineamiento.
El chip, protagonista del nuevo orden mundial, ya no es un componente: es un sistema de acceso regulado desde Washington
Conviene no caricaturizar el movimiento. EE UU no parte de cero: lleva años reordenando la cadena global con controles a la exportación, vetos cruzados de inversión, pactos mineros, subsidios industriales y coordinación con cuellos de botella críticos. Lo novedoso es la capa narrativa y jerárquica: una alianza que separa aliados de clientes. Los primeros forman parte del stack, es decir, del conjunto de capacidades interdependientes (diseño, maquinaria, fabricación, logística, seguridad, financiación) que permiten sostener la frontera. Los segundos pueden comprar chips y servicios, pero bajo reglas transaccionales fijadas por Washington, que se reserva la capacidad de arbitrar el acceso cuando el contexto se vuelva más áspero.
Se perfila así un orden aparentemente abierto, pero basado en niveles de confianza. El mercado sigue accesible para chips de generaciones anteriores, mientras la frontera de la IA se protege. Lejos de ser un gesto altruista, esta apertura crea dependencia: se puede comprar, pero no marcar el ritmo del avance. Como explica también Darío García de Viedma, con la brecha móvil no se busca bloquear a China, sino mantenerla siempre un paso por detrás, permitiendo el acceso a tecnologías ya superadas, mientras se financia el siguiente salto tecnológico.
Esta visión requiere matices: en una industria dominada por la escala y por grandes empresas con intereses propios, la contención total es difícil de sostener. La geopolítica del chip revela la tensión entre Estados y corporaciones, donde las decisiones –como permitir exportaciones limitadas a China– responden más a equilibrios entre estrategia y negocio que a gestos políticos, y donde la lógica económica suele imponerse a la ideológica. Lo que está en juego ya no es solo vender coches o electrodomésticos, sino decidir quién pone los estándares del cómputo, de la nube y de la inteligencia artificial.
@J_L_Gomez
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