Chito Rivas
DEAMBULANDO
Vilanova, a das infantas
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Un portal es el principio de todo. El ojo que nos mira cuando somos paseantes. La sonrisa de una casa. Apenas una puerta y un escalón hacen de frontera entre un mundo con leyes propias y la violenta vida exterior. Porque un portal no es sólo el espacio liminar donde las sustancias cambian, como una raya entre el afuera y el adentro. Más bien, es el espíritu de todo lo velado en un edificio, concentrado en un umbral. Es la pequeña sinceridad que el forastero puede intuir de un gran mundo velado del que desconocemos casi todo y apenas podemos descifrar a través de esta contemplación callejera. Quizá por esto, por su papel mediador entre la vida privada que es la vida de una casa, y el aluvión de los asuntos públicos, los portales deberían tener más consideración en los corazones. Son la parte más sagrada de un edificio.
Los años traen la caries y la renovación de las casas y las calles en clave miope, que va enterrando el pasado bajo capas de intervenciones cada vez más incapaces, peores, terribles
Cuando la norma urbanística no existe -y si existe no se aplica- las ciudades como Auria, crecen en modo tuttifruti, desiguales en proporciones, alterando colores, alturas, materiales de horror. Se permite a cualquiera traer su mal gusto al espacio de todos, fermentando todas las improvisaciones sucesivas en un caldo de feor que sólo empeora con el tiempo. Porque los años traen la caries y la renovación de las casas y las calles en clave miope, que va enterrando el pasado bajo capas de intervenciones cada vez más incapaces, peores, terribles. Una pequeña vuelta a la manzana sirve para persignarse varias veces y desde todos los puntos cardinales, al transitar un espacio inarreglable, donde el pavimento cambia de moda según el alcalducho de turno y su pequeño mundo referencial, mientras las casas se derriban impunemente o se mutilan y desdentan para contentar al humano temporal, que pasa a mejor vida pero su crimen perdura.
La tragedia es total, inconsolable. Y no nos queda otra que contentarnos con pequeñas bellezas que nos rescatan la vida. Vamos a la avenida de la Habana, que ahora la han convertido en autopista de circunvalación. Allí se salvan muy poquitas casas y, de entre las salvables, son pocas las que no han convertido en un Frankenstein soporífero. Abajo, en el número 11, donde la calle desagua, hay un edificio hermoso cuyo portal rescata al paseador y al viviente. Es una casa que se abre discretamente a la calle, en forma de quilla de barco y su antiguo negocio a pie de calle se ha travestido por un cristal de mal gusto para dar privacidad, suponemos, a escritorios de pequeños oficinistas. Por eso nos concentramos en su portal, que ha llegado intocado hasta nosotros, con una puerta de hierro poderosa, con rejas rectilíneas y un hermoso pomo de bronce, toda enmarcada por un hermoso lienzo de pavés, que aquí cobra una autoridad superlativa. Un portal con sabor a racionalismo italiano que le da a este micro-rincón de Auria una fenomenal dignidad exótica. Se llega a través de dos peldaños, para salvar la pendiente de la calle e insistir en el acto mágico de ingresar al edificio. Es un portal-umbral que dignifica todo lo demás. Que esta puerta sobreviva es en Auria un milagro y, por tanto, hay que bendecirla y darle ánimo. Que sus bisagras sigan trabajando y cambiando el aire de dos mundos por muchos años más. Que nadie tenga la idea funesta de cambiarla por algún horror de PVC con la torticera excusa de la comodidad, la ligereza o la pérdida de calor. A los demás nos seguirá bastando con verla y apreciarla. Su resistencia es la de todos.
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