Chito Rivas
DEAMBULANDO
Vilanova, a das infantas
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Vilanova das infantas, a la que no hay modo de revertir lo de Infantes por Infantas, que éstas las hermanas de San Rosendo, el Rudesindus que por germánico no convenía conocer por el tal nombre, fue un burgo medieval, como bien sabido, de oficios pleno, pero sobresaliente como vila dos zapateiros, renombrada por ser fortificada, de la que subsisten algún paño de sus murallas y la torre del Homenaje, yace como en las surorientales y un tanto alejadas faldas de Castromao. Por allí más tiempo de toma de sol que el empleado cuando introducidos en su parroquial barroca para contemplar ese Cristo románico una dominical de como medio centenar de fieles, que ya muchos parecen por la deserción o sangría de fieles que las misas sufren. Cuando uno por allá vaga rememora a las residentes madre y hermanas de San Rosendo, sus nativos Feijoo, del circo que llevó el espectáculo por el país, de los Silva y de Méndez Ferrín, algunos emparentados, sin olvidar que a uno cierto parentesco con antepasados le une, porque los Míguez (apellido que proviene de hijos de Miguel) regentaron un hospital o albergue de peregrinos cuando por allí pasaban rumbo a la supuesta tumba del Apóstol en Compostela.
Castromao vale una y ciento visitas que no cansan, que se lo digan al amigo Beny Reza, caminante habitual hacia aquellos confines, formidable oteadero de casi toda la provincia si algunas sierras no impidiesen prolongar la vista más allá
Subir hacia a Gandarela cuando la recuerdo terrea pista, con primaveral temperatura y el sol luciente, gratificante, y cuando se alcanzan las alturas de este Castromao, que no por malo sino por grande nos retrotrae a la era castrejo romana la de los pactos de hospitalidad que iban configurando a aquella sociedad que ya se empezaba a clasificar de hispano romana. Castromao vale una y ciento visitas que no cansan, que se lo digan al amigo Beny Reza, caminante habitual hacia aquellos confines, formidable oteadero de casi toda la provincia si algunas sierras no impidiesen prolongar la vista más allá. Ya en a Gandarela, ese pazo de moderna construcción, que sobresale en el entorno de la aldea, que cual nudo de comunicaciones se despacha hacia Cortegada, Castromao, Celanova, Freixo, y más adelante, cuando nos sobrepasan un par de eléctricas bicis en el llamado monte de San Marcos, hermoso campo de futbol, de floresta circundado, abandonado al fin para el que construido, que también panorámicas vistas como para ubicar un puesto de vigilancia de Protección Civil por la casi completa visión de las llamadas tierras de Celanova.
Desde allí, en lontananza, el Couto Novelle, Castro de Trelle, más allá la llamada dorsal galaica con el Faro de Avión, serra del Suido, Uceira, Martiñá, donde se acouba el monasterio de Oseira, Faro de Chantada hasta morirse en el Cantábrico en la serra do Xistral.
Bajando por una de las docenas de pistas de esta sierra de San Marcos, que tiene la vista más completa de Vilanova, sólo afeada por un par de naves de talleres de automóviles, nos damos en Viveiro que sin querer nos evoca el histórico puerto de la ciudad del lucense Cantábrico, pusimos pie rumbo a Carfaxiño ( que acaso de carballo), por empinada pista de comienzos, más luego llana, que transitaríamos pasando de refilón por la menguada aldea, bajo la cual y a orillas del Orille, una factoría de productos derivados de la leche, vertía en el río, con más que cierta, visible contaminación de sus aguas, lo que por unas temporadas antes de que el siglo feneciese, las gentes de Celanova ya no podían bañarse en una de sus presas antes de rendirse el Orille al Arnoia, allá por Lampazas y Ponte Grande.
De retorno, a cafés en Celanova a donde trasladada la capital municipal antes residente en la torre de Vilanova, donde por la premura ni tiempo daría para deleitarnos con las siempre provechosas enseñanzas de Reza, hoy el más prolífico difusor de la cultura medioambiental de Galicia (libros sobre Ancares, Xurés, y de los celanoveses monumentos, comenzando por la capilla mozárabe de San Miguel, y lo que en la mochila porta). Él, que fue director general de Medio ambiente de la Xunta dejando una impronta, que celos y envidias quisieron arrumbar, como si se pudiese silenciar sin más a quien tanto hace por una cultura tan manoseada por arribistas de la política, y algunos muy próximos, geográficamente.
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