Fernando Muñoz
EN LA RED
Europa, mirando la IA desde el andén
EN LA RED
Europa lleva años hablando de inteligencia artificial con el tono grave de quien custodia una porcelana antigua. Ha hecho bien en preocuparse por los riesgos, por los datos, por los sesgos, por la vigilancia, por la posibilidad de que una máquina puesta en malas manos multiplique el daño. Esa prudencia forma parte de lo mejor de nuestra historia reciente. Venimos de un continente que sabe lo que ocurre cuando la técnica se emancipa de la ética. No hay que pedirle a Europa que olvide eso, pero tampoco podemos permitirnos que la memoria se convierta en coartada para la impotencia.
Cuando una empresa estadounidense desactiva sus modelos más avanzados porque Washington decide que los extranjeros (también los europeos) no deben acceder a ellos, el mensaje es brutalmente sencillo: la IA es infraestructura estratégica, no una herramienta. Como antes lo fueron el acero, el petróleo, los satélites, los chips o los superordenadores. La diferencia es que esta vez no hablamos solo de fábricas o ejércitos. Hablamos del banco que protege tus ahorros, del hospital que custodia tu historial médico, de la pyme que intenta no quedarse atrás, de la universidad que forma a la juventud que mañana tendrán que competir en un mundo donde el conocimiento irá a otra velocidad.
Europa no debe renunciar a sus garantías ni a su dignidad regulatoria. Pero regular sin construir es una forma elegante de rendirse. Vigilar el incendio no equivale a tener bomberos
Ahí está el ciudadano europeo, otra vez, pagando la factura de una soberanía aplazada. El investigador que no puede probar el modelo. La empresa de ciberseguridad que se entera de que su defensa depende de una autorización ajena. El funcionario de Bruselas que “toma nota” mientras otros escriben las reglas con tinta de poder. Y el usuario común, que quizá no sabe qué es Mythos ni Fable, pero sí intuye algo muy viejo: cuando otros controlan la herramienta, tú acabas trabajando con permiso.
No se trata de comprar sin pensar el evangelio tecnológico de Silicon Valley. Tampoco de entregar nuestros datos alegremente a quien los convierta en munición comercial, política o militar. Esa crítica es legítima. 100% legítima y necesaria. Europa no debe renunciar a sus garantías ni a su dignidad regulatoria. Pero regular sin construir es una forma elegante de rendirse. Vigilar el incendio no equivale a tener bomberos.
Europa no necesita copiar a Estados Unidos ni a China. Necesita dejar de comportarse como una potencia jubilada que aún da lecciones desde el balcón
La cuestión de fondo no es si la IA es peligrosa. Claro que lo es. Lo peligroso, además, es no tenerla. No tener modelos propios, capacidad de cómputo, talento retenido, empresas escalables, voluntad política y una cultura pública menos cómoda en el reproche que en la ambición.
Europa no necesita copiar a Estados Unidos ni a China. Necesita dejar de comportarse como una potencia jubilada que aún da lecciones desde el balcón. Porque la guerra de la IA quizá ya ha empezado. Y esta vez no bastará con tener razón. Esta vez habrá que tener músculo, memoria y coraje.
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