El éxito de MILTOWN®

Publicado: 27 abr 2026 - 04:05
Opinión en La Región
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En 1947 el farmacólogo Frank Berger, natural de Bohemia (hoy en día en la República Checa) emigró a los Estados Unidos para trabajar en los Laboratorios Wallace, una empresa química y farmacéutica que se había hecho millonaria con las ventas de un afamado desodorante. Berger llegó a la zona residencial de Miltown, en Nueva Jersey, y allí se puso manos a la obra en la síntesis de una píldora emocional. Su principio activo era el meprobamato. Salió al mercado en 1955 para convertirse en el mayor superventas de la historia de Estados Unidos.

Gracias a esta sencilla historia de científicos emigrantes, millones de personas encontraron la solución a sus problemas de ansiedad en una píldora, inmersos en una posguerra mundial donde la sociedad se encontraba atenazada por la incertidumbre, el estrés, los vertiginosos cambios sociales y el miedo a una nueva conflagración donde las armas atómicas decidirían entre vencedores y vencidos.

El éxito del Miltown®, el flamante nombre comercial del meprobamato descubierto por Frank Berger, fue inmediato y espectacular. Tanto como para que los médicos lo recetasen con profusión y soltura, los laboratorios farmacéuticos lo promocionasen como una panacea plenamente segura, y los pacientes depositaran toda su confianza en una solución tan modesta y simple. En cierta manera, el Miltown® fue el precursor de la cultura contemporánea de los psicofarmacos, donde el sufrimiento puede y debe resolverse químicamente.

Para conseguir el mismo efecto había que incrementar su dosis, y por si fuera poco, provocaba adicción

Lo cierto es que de la euforia se pasó a la cautela. Con el tiempo se comprobó que este medicamento provocaba tolerancia y dependencia. En otras palabras, para conseguir el mismo efecto había que incrementar su dosis, y por si fuera poco, provocaba adicción. Y lo que en principio fue una fantástica ayuda pasó a convertiste en una necesidad permanente. Sus efectos secundarios también preocuparon a la comunidad médica. Y su uso fue poco a poco relegado.

En la actualidad, los trastornos de la ansiedad se tratan con medicamentos, con terapias psicológicas especificas de tipo cognitivo, y esta oferta se extiende a otras técnicas como el mindfulness, la relajación e incluso a aplicaciones en nuestros teléfonos inteligentes. Pero la historia del Miltown® es una lección que continua vigente, invitándonos a reflexionar sobre los límites en el abordaje del malestar cotidiano y el tratamiento de algunos síntomas psiquiátricos. Cambian las moléculas y los nombres de los fármacos, pero no lo hacen nuestras expectativas.

La intolerancia al malestar y la frustración nos empuja a consumir píldoras, aplicaciones y técnicas que nos prometen mucho a cambio de poco. Quizás aquel pequeño ayudante de los años 50 nos enseña todavía hoy que no existen atajos químicos para comprender nuestra naturaleza, y que cualquier promesa de calma absoluta, en medicina y en la vida en general, merece ser contemplada desde varias perspectivas.

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