Dos mundos

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 15 jun 2026 - 11:13 Actualizado: 15 jun 2026 - 12:07
Sonia Torres
Sonia Torres | La Región

Durante las próximas semanas una parte del mundo estará entregada a cantar goles, a sentir un amor pasional por los colores de su selección, a secarse lágrimas de alegría por la victoria o de pena por la derrota y a colocarse frente al televisor para sentirse el mejor entrenador del mundo y recriminar los arbitrajes que no se ajusten a su parecer.

Pero habrá otra parte que seguirá habitando un mundo desesperada y trágicamente roto, cuyo pensamiento al levantarse será una sola pregunta: ¿lograremos sobrevivir hoy?

Dos pedazos del mismo planeta que se cruzaron, sin permiso para rozarse, en la inauguración de la gran fiesta futbolística que pocas veces ha arrancado con tantos cuestionamientos morales.

El Estadio Azteca de Ciudad de México desplegaba color y música para el mundo, mientras que, por una de las avenidas próximas, avanzaban miles de personas destrozadas que necesitan hacerse oír. Sus manos apretaban pancartas de rostros queridos demasiado tiempo sin ser acariciados. Anónimos, sin apellidos ilustres y borrados, con escasas posibilidades de recibir la justicia y la verdad que tanto anhelan y que todo ser humano merece. (El gobierno mexicano contabilizó en marzo de este año la desaparición y no localización de 130.178 personas entre 2006 y 2026).

De ese dolor y de la no resignación surgieron las madres buscadoras. Colectivos y organizaciones de familiares de personas desaparecidas que no se dan por vencidos para recuperar a sus muertos, porque la esperanza de encontrar con vida a los que un día hicieron desaparecer es casi insignificante.

De ese dolor y de la no resignación surgieron las madres buscadoras. Colectivos y organizaciones de familiares de personas desaparecidas que no se dan por vencidos para recuperar a sus muertos, porque la esperanza de encontrar con vida a los que un día hicieron desaparecer es casi insignificante. Estas buscadoras han aprendido, muy a su pesar, a investigar expedientes, difundir fichas de búsqueda, colaborar con forenses y a adquirir conocimientos para identificar posibles lugares de inhumación clandestina. Lo hacen desafiando el silencio que buscan imponer, con amenazas y agresiones, los asesinos y sus cómplices. (Entre 2010 y 2025, según organizaciones defensoras de derechos humanos, al menos 22 fueron asesinadas).

Lamentablemente, no es una historia singular. En 1978, Argentina organizó su primer Mundial. Mientras la selección del país lograba la primera estrella, la dictadura sumaba desaparecidos. Al tiempo que los campos de fútbol se llenaban, frente a la Casa Rosada un grupo de madres con pañuelos blancos en la cabeza buscaban llamar la atención de la prensa extranjera para contar al mundo el horror en el que agonizaban y reclamar el paradero de sus seres queridos, vivos o muertos.

Prestarles ahora y entonces atención a esas voces que nadie parece querer escuchar no es incompatible con celebrar el fútbol, vibrar y emocionarse con lo que sucede en el campo de juego.

Cientos de pancartas y banderas ondearán en calles, casas y estadios durante las próximas semanas, pero ninguna será tan poderosa como la de una madre portando el retrato de su hijo diciéndole al mundo: “Les buscamos porque les amamos. Hasta encontrarles”.

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