El experimento del malvavisco

TRIBUNA

Publicado: 19 oct 2026 - 04:10
Miguel Abad Vila
Miguel Abad Vila | La Región

Saben ustedes que es un malvavisco? Vamos a viajar en el tiempo. La Althaea officinalis es una planta que crece en las zonas húmedas de Europa, Asia occidental y el norte de África. Hace 2000 años, los antiguos egipcios utilizaban su savia mezclada con miel para elaborar un remedio contra la tos y el dolor de garganta, reservado exclusivamente a la realeza y aristocracia.

Durante el siglo XIX, los confiteros franceses transformaron la receta medicinal en una golosina, mezclando el extracto de la raíz de malva con azúcar y clara de huevo, para obtener un dulce esponjoso llamado pâte de guimauve.

Ingleses y estadounidenses lo popularizaron como marsmallow, malva de los pantanos, las famosas nubes de toda la vida, que más de uno y una habrán comprado alguna vez en el quiosco.

Pues bien. Sostiene Aloysius que a finales de los 60 el psicólogo Walter Mischel realizó un experimento en la Universidad de Stanford, con niños de 4 a 6 años. Cada uno fue sentado enfrente a una de estas golosinas, mientras se le proponía lo siguiente: o bien comérsela inmediatamente, o bien esperar unos 15 minutos para recibir una segunda nube o malvavisco de recompensa.

Cuando Walter Mischel abandonó la sala, algunos pequeños sucumbieron inmediatamente a la tentación, mientras que otros se las ingeniaron para distraerse cantando, cerrando los ojos o jugando con sus manos.

En la carrera de la vida, no todos partimos desde el mismo punto de salida. Y aunque el autocontrol es muy importante, también depende de las oportunidades y de la confianza en nuestro entorno.

Estudios posteriores confirmaron que los niños más tenaces obtuvieron mejores resultados académicos y profesionales en la vida. Entonces se difundió que el autocontrol representaba la llave del éxito, una idea muy seductora en una etapa donde la sociedad creía firmemente que cada persona era la dueña de su propio destino. Y así, una simple chuchería se convirtió en una metáfora del mérito individual.

Pero cuando los investigadores repitieron el ensayo con muestras más amplias y heterogéneas, comprobaron que el contexto importaba tanto o más que la voluntad. Porque los niños que se desarrollaban en hogares estables, donde las promesas solían cumplirse, tenían razones suficientes para confiar en que su paciencia sería recompensada con un segundo premio. En cambio, los que vivían en situaciones de inestabilidad e incertidumbre, donde las oportunidades se desvanecen fácilmente, la única certeza era pillar el dulce a mano. Comerse a la primera la apetecible nube no era un rasgo de impulsividad, sino una decisión perfectamente racional.

Quizás el verdadero error nunca estuvo en el experimento, sino en la manera de interpretarlo. Una mera observación del comportamiento infantil no puede traducirse en una ley universal sobre el éxito y el fracaso personales.

En la carrera de la vida, no todos partimos desde el mismo punto de salida. Y aunque el autocontrol es muy importante, también depende de las oportunidades y de la confianza en nuestro entorno.

¿Por qué algunos deciden no esperar? Quizás porque su experiencia les ha demostrado que, en demasiadas ocasiones, realmente no sirve para nada.

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