Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
El récord Guinness que espera en Lugo
HISTORIAS INCREÍBLES
Cómo me gusta que nos visiten los hijos y los amigos. Pero a veces vienen, qué cosa más extraña, los que llamaré “visitadores incógnitos”.
En verano mi casa, créamelo usted, es un cosmos infinito. Hay gente que viene y que luego se marcha, otra que no se va nunca y otra que jura estar sólo de visita. A muchos, claro, los conozco o me parece conocerlos porque están en todos los sitios, incluso para darme un baño me turno con ellos en el pasillo. O se cambian sin llamar ni nada en mi cuarto favorito.
Con todo, suelo preguntarme si serán “de verdad”, porque los oigo con sus lenguas extrañas y no entiendo lo que dicen, aunque la mayor parte no me dicen nada, pero nada de nada. Hablan y cuentan cosas y más cosas disparatadas, insulsas, y se reparten mis lonchas de jamón o de chóped o el membrillo.
Ayer uno de mis visitantes, después de tres semanas, supuso que yo era otra visita y queriendo departir conmigo me preguntó: “What country do you come from?”. Le dije yo que de aquí y que OK. Que yo era uno más, y menos mal, en esta casa con tanto ruido.
El jardín me lo tienen todo pisado y molido, de ellos, de sus niñas y niños, de su perrito. Guapísimos, oiga, estos jovencitos. No llamaré fantasmas a sus retoños, aunque me enfaden un poco sus bicicletas, balones, chismes varios y sus chillidos consentidos.
Me dicen mis amigos que de fantasmas nada, que son de la especie cantamañanas. Es verdad que los hay de muchas especies. Los guiris son los más bonachones, con sus diminutos sombreros, sus sandalias con calcetines a rayas, sus camisas floreadas y sus medios pantalones.
Supóngase que ese montón de gente con la que nos topamos en nuestra propia casa, en las calles, en la piscina, en la playa …no fuesen humanos y fuesen sólo humanoides, duendes, fantasmas, y visiones, quimeras y espantajos. A lo mejor son espectros, estos visitantes del verano, a los que nadie reconoce y se nos cuelan en el piso.
Me dicen mis amigos que de fantasmas nada, que son de la especie cantamañanas. Es verdad que los hay de muchas especies. Los guiris son los más bonachones, con sus diminutos sombreros, sus sandalias con calcetines a rayas, sus camisas floreadas y sus medios pantalones.
Otra especie más casera, porque son los de aquí mismo, pero tuvieron que irse fuera y no por turismo, son los que se dirigirán a usted a tiempo y a destiempo, para explicarle que “allá” las cosas son diferentes y se hacen de otra manera. “Es que… allá” explicarán impertinentes su nueva cultura, como auténticos eruditos.
No piense usted que me enfado, sólo hablo así, con permiso, porque me gustaría leer una novela, en solitario, aquí mismo, tumbado bajo aquella parra, mientras escucho cantar el agua que nace virgen y fría y se arrastra como una serpiente de verano, entre los manzanos y los negrillos.
Yo, sonrío siempre y confieso cierto cansancio y hastío, pero pongo esa carita amable para que no vayan diciendo que si esto y lo otro, que, si no estoy a la altura de esta sociedad en la que, tengo la impresión, de que nadie es nadie, y puede que seamos sólo caminantes sin destino conocido.
Amo a mis visitantes, los alimento y les cuido. Y para el próximo verano pienso encargar un letrero repujado con letras doradas y dirá así: Hola desconocido, no se preocupe, sea usted cordial… y… será bienvenido. Limpie sus pies en la alfombra y dejen cada cosa en su sitio.
Nota: Absténganse okupas, fantasmas y cantamañanas. Es lo poco que pido.
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