Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
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EL ÁNGULO INVERSO
La tertulia está muy divertida. Nuestra amiga sigue, atónita, lo que contamos. Con que dice el pintor: “Cómo cambian los tiempos. Lo habréis leído en la prensa: los adolescentes menores de 16 años pueden recibir gratis el mítico condón. Hay que joderse, dicen que la sífilis y las viejas enfermedades repuntan”. Sin duda, no han oído cantar a Yosi el “Peligrosa María” de Los Suaves: “Al día siguiente lo tenía irritado ¡Ay, qué horror!, estaba todo colorado...”
Qué generación. Dice el psicólogo: “Los padres de esta generación no saben si darle a sus hijos un sopapo o una tarjeta de crédito”. Se ríe el músico: “Allá en los años sesenta, y antes, en todos los váteres de este país había pegatinas que decían ‘Curamos la sífilis y la gonorrea”.
Las prostitutas ancianas, ya retiradas, crearon un oficio y ofrecieron un buen servicio. ¿Habéis oído hablar de las palanganeras?
Se ríe el pintor: “Cielo santo, éramos jóvenes y se nos caía la cara de vergüenza para pedir el artefacto. Ir a la farmacia y pedir condones era un acojone. Si había una mujer tras el mostrador, ya no entrábamos. Esperábamos y, cuando teníamos la oportunidad, abordábamos a su compañero, que nos parecía más asequible. Siguió sucediendo durante bastantes años”.
Hace una pausa el pintor, nos mira pícaro y nos espeta: “Seguro todos los que estáis aquí, igual que yo, nos desvirgamos en el barrio chino. Allí siempre había posibilidades de que te pasara factura”. Me toca hablar, me empujo un trago de vodka: “Cierto, aquí en nuestra calle Villar es donde hubo más prostitutas que en toda Galicia. También había un método original de limpieza. Las prostitutas ancianas, ya retiradas, crearon un oficio y ofrecieron un buen servicio. ¿Habéis oído hablar de las palanganeras? Cuando terminabas de ocuparte con una señorita, en la habitación de al lado te esperaba una señora con un cántaro y una palangana, donde iba echando agua muy caliente. Dejabas tu verga en sus manos y ella iba arrojando agua. Sin prisa, iba lavando meticulosamente tus partes. Después, en una bandeja le dejabas una merecida propina”.
Está muy festiva la tertulia, el pintor vuelve a la carga, muy “enterao” el tío: “Como vosotros, subí algunas veces a aquellas lóbregas habitaciones. Recuerdo esas mujeres. Pero tenían un trabajo extra. Pegaban el oído detrás de la puerta y, al escuchar tus gemidos, aporreaban alzando la voz: ‘¡Salgan, acaben ya, tengo clientes esperando!’ Era una treta. En ese momento, la prostituta te decía: ‘Si quieres seguir, tendrás que pagar más’. Y tú, panoli, en esos momentos, sin remedio pagabas lo que fuera”.
(El psiquiatra rompe su silencio: “Me lo contó un farmacéutico amigo, tenía un cliente al que, como a todos nosotros, le costaba pedir condones. Llegó a un acuerdo con el boticario. Cuando venga y haya gente, diré un verso. Verídico, un día entró y le recitó: ‘Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar’. Detrás del mostrador, muy sagaz el farmacéutico, le preguntó: ‘¿En bandadas de seis o de doce?”.
Nos levantamos: “Y no os olvidéis de las rabiosas ladillas, no había manera de acabar con ellas. Cierto, como las cucarachas o Keith Richards, sobrevivirían a una bomba atómica”).
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