Las falacias de Donald Trump

Publicado: 23 mar 2025 - 01:05
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Como murmurando y como hablando para sí mismo, investido de arrogancia y poder, Donald Trump auguró en su segunda presidencia una Edad de Oro para su país. Lo dijo sotto voce, como ensimismado, al hilo de una de sus utópicas propuestas: Make America Great again (“Hagamos de nuevo una gran América”). Luce el lema en su anaranjada gorra de beisbol, a la venta como un souvenir de su ideología política: el Trumpismo. En la historiografía europea, el periodo de Edad de Oro se alternó con el más preciso de Siglo de Oro. Incluye tanto el Renacimiento como el extenso y profuso Barroco. Congrega las artes (pintura, arquitectura, escultura) y las letras. Hay ejemplos soprendentes en admirables decorados interiores, tanto en España -la Cartuja de Granada- como en las Colonias. En nuestra lejana visita a Puebla de los Ángeles (México), nos deslumbró la Capilla del Rosario, anexa al templo de Santo Domingo de Guzmán. Calificada como “La casa de oro”, se considera la cumbre del Barroco novohispano. En 1690, el fraile fray Diego de Gorozpe la menciona como la octava maravilla del mundo. Intervinieron frailes y artistas europeos, e indígenas, criollos y mestizos. Así fue como el Barroco novohispano obtuvo originalidad y características propias, muy diferentes al europeo.

La Edad de Oro que visiona el presidente norteamaricano, que añoró Ovidio en sus Metamorfosis -tiempos del Imperio Romano-, fue un recurrente tópico en la cultura europea. La supremacía de las letras españolas dio nombre a este período (Siglo de Oro), con obras de valía incuestionable, clásicas: complejidad, dinamismo de formas, riqueza de ornamentación y efectismo gráfico de la palabra. El añorado pasado, a modo de una Arcadia perdida se revierte, en boca del estadista nosteamericano, en una Utopía asumida como potencia económica y militar alternando el quid pro quo. La obtiene con nuevos aranceles, nuevas tierras a explorar (Ucrania, Groelandia), y con la alteración de las normas diplomáticas imponiendo un nuevo orden mundial. Remeda el New Deal (“Nuevo trato”) liderado por el presidente Franklin D. Roosevelt (1933-1938), en un afán de aminorar los efectos de la Gran Depresión. Impulsó la reforma de los mercados financieros y la economía, devastada a partir de la gran quiebra (crac) de 1929.

La Edad de Oro que visiona el presidente norteamaricano, que añoró Ovidio en sus Metamorfosis -tiempos del Imperio Romano-, fue un recurrente tópico en la cultura europea.

La utópica Edad de Oro, que augura Donald Trump asocia el recurrente mito, que recoge el popular refrán “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo convirtió en letra viva, añorada, Miguel de Cervantes en el clásico discurso que don Quijote (I, xi) dirige a unos cabreros. Cogiendo un puñado de bellotas, el alocado caballero les invita a compartir con ellos su humilde comida. El discurso es un clásico de la oratoria civil. Como lo es el dedicado a las “Armas y las Letras” y el panegírico sobre la libertad: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres» (Don Quijote, I, lviii). En el discurso de las “Armas y las Letras” contrasta y opone la vida arriesgada del militar frente a la figura del letrado burócrata, asentado plácidamente en la corte. .

La utópica Edad de Oro, que augura Donald Trump asocia el recurrente mito, que recoge el popular refrán “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Ante los cabreros, don Quijote confronta tiempos pasados (edad de hierro, de bronce), con su tiempo, augurando (utopía) también un nuevo orden como caballero investido e impulsado por su imaginaria Orden de caballería: “Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto”.

Porque para atajar los grandes desmanes (injusticias, deshonras, malicias, bulos, enredos, chantajes, nepotismo), “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mi y a mi escudero, que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogisteis y regalasteis, es razón que, con la voluntad a mi posible, os agradezca la vuestra”.

Trump fue también llamado a rectificar, superado su atentado, las aberraciones de su predecesor y contravenir el pasado arcádico, moral (woke), económico y político. La utópica nueva Edad de Oro, que augura el líder norteamericano, es una enmarañada falacia, alejada del sensato discurso del caballero de la Mancha; una astuta manipulación de la realidad y del lenguaje.

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