Los que faltan

EL ÁLAMO

Publicado: 13 ago 2026 - 04:10
La Región

Los colores de agosto son brillantes en la mañana y declinantes en la tarde. El sol se va empobreciendo con el trascurrir del mes, y no solo porque este miércoles haya sido eclipsado por la luna. Colores y aromas de agosto nos llevan a los años tiernos de la incipiente juventud. Comidas familiares gigantes, barquito para recorrer la ría, días enteros de playa, y familia lejana que viene a Galicia a pasar sus vacaciones. Todo se nos ha ido marchando, pero todo ha quedado guardado en el panteón ilustre del corazón.

El primer agosto de mi memoria es alicantino. Es difícil saber si lo recuerdo como niño o me he formado la imagen a partir de las fotografías de casa de mis padres. Playa de San Juan. Seis kilómetros de goce infantil y dulce arena. Mil agostos, niñez y adolescencia, en la frontera entre Galicia y Asturias, allá donde no es fácil saber si las aguas son dulces o saladas, si son asturianas a gallegas. Bicicleta, amores de verano, amigos de dos meses, y flores en el patio del limonero.

Agostos extraños o inhóspitos en la parte casi eclipsada de la memoria. También más recientes. El coruñés, el madrileño, el ourensano, el cántabro. Agostos a golpe de circunstancias orteguianas. Agostos tristísimos, de despedir al abuelo; agostos felicísimos, de llegar al final a la tierra prometida del estudiante, donde siempre querríamos detener el tiempo. No sabíamos entonces, mediados los doce años, que jamás volvería a suceder, pero algo en el pecho latía fuerte, como para indicarnos que surcábamos un momento para la memoria.

Agosto nos lleva siempre a otros agostos

Al volver a los lugares donde nos asalta la memoria de los veranos de niñez, la primera sensación es una mezcla de placer y melancolía. El placer de recrear el sitio que nos vio disfrutar como nunca lo haríamos después, el disfrute del niño crecido, ya autónomo, ya libre, ya feliz, y la melancolía de ver que las cosas no están donde estaban. Y el más duro de los señuelos: la tentación inexpugnable de acercarse a aquel lugar “donde solíamos gritar”, como en la canción de Love Of Lesbian, donde grabamos nuestras iniciales con ayuda de un compás, o donde escribimos unos versos tontísimos, pero de corazón, y ver que no están: ni las señas de lo que grabamos, ni las personas con las que lo consignamos.

Agosto nos lleva siempre a otros agostos. E incluso cuando todo está igual, la ermita sigue en su lugar, el puerto deportivo, aunque crecido, mantiene su antigua disposición, y en la plaza del ayuntamiento ondea la misma bandera, algo nos falta. Nos faltan ellos. Los que se fueron. Los que nos ven desde el cielo, y los que se han ido lejos para no volver. Tantos amigos, tantos amores, que partieron de nuestro lado un día y se han perdido en la bruma de la vida adulta en cualquier rincón del planeta. Ahora como en la de Celtas Cortos, en su desgarrador lamento epistolar: “hoy no queda casi nadie de los de antes / y los que hay, han cambiado, han cambiado”.

Y es el mes de los abuelos. Imposible no evocarlos en las horas muertas y lejanas del verano, cuando nos enseñaban el arte de la pesca, celebraban deliciosas comilonas campestres, arreglaban nuestra bicicleta, o se hacían acompañar de la mano hasta el café o la compra, escuchando con paciencia la elocuencia veraniega y feliz del niño que fuimos, que ante tanta alegría no callaba ni debajo del agua, que todo lo quería compartir con orgullo con ellos, quizá porque, aún en la inocencia de la niñez, sabíamos que aquellos momentos no eran para toda la vida, que ya eran mayores, que el tiempo borraría su mano de la nuestra, y un día recorreríamos en soledad el mismo camino hacia el café, no con tristeza, porque su recuerdo aún nos hace felices, pero sí con una densa melancolía.

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