Una familia extensa

HISTORIAS INCREÍBLES

Publicado: 16 ago 2026 - 01:10
Una familia extensa
Una familia extensa | T

Con frecuencia, algunos de mis cordiales lectores me regalan algunas historias como ésta que, envuelta en una sonrisa, reproduzco. Lo hago, dada la impertinente insistencia para su publicación, pese a mis reservas.

Había corrido la voz de que aquel fin de semana venía al pueblo el nuevo obispo. Las aldeanas plancharon de inmediato aquellas sayas con las dos rayas, revisaron las toquillas y pusieron al día a sus maridos y a sus hijos sobre cómo comportarse con piedad y respeto. Imaginemos 1.958.

Con escobones limpiaron lo mejor que pudieron aquellas calles en las que, las gallinas rascaban, los borricos rebuznaban, ladraban los perros, mientras los chiquillos jugaban a la billarda. Los animales vacunos fueron los más difíciles de ordenar ya que sus costumbres alimenticias a base de hierba verde, tréboles de tres o cuatro hojas y heno suelen inducirles una permanente disentería inapropiada.

Los guardias, aleccionados por el cabo, dieron brillo a sus tricornios, pavonearon sus fusiles, y limpiaron sus botas negras con aquellos salivazos que sustituían, casi siempre, a la mejor crema de marras. Las jovencitas hicieron los más hermosos ramos de flores para agasajarlo y los mozos dejaron dormitar en el labio inferior, con cierto gracejo, aquellos celtas cortos, o en caso de no ser fumadores, mordían un palillo como los vaqueros de Bonanza.

Pensó el párroco que el más indicado para darle la bienvenida sería el Venancio. Mantuvo con él las preceptivas reu-

niones. El alcalde, se resistió como pudo, pero al fin aceptó, una vez que creyó entender las indicaciones que le dieron sobre los organismos diocesanos. Lo más importante era ser afable.

Entró el obispo, llegado el día, con las fanfarrias. Aplaudían los niños que le hicieron dos filas con banderitas de España, de la Comunidad Autónoma y otras de florecitas que la señora Eduvigis había confeccionado con un trozo de su bonita falda.

Los hombres que se despojaron de la gorra negra que ya llevaban capada, le miraron recelosos, mientras sus mujeres rezaban un rosario contando de dos o de tres en tres las sartas.

La hija del fontanero, que había estudiado en un colegio de Ribadavia, entonó una canción con sus gorgoritos, su falsete y su vibrato y resultó muy adecuada.

Se bajó el señor obispo. Bueno… primero su reverendísima corpulencia y luego en el mal empedrado suelo, aquellos zapatos con chapa. Bendijo primero, estiró el cogote, y se dirigió a aquel grupo de devotos, el tamboril y la gaita. Allí estaba el ya mencionado pedáneo, representante del pueblo y de la patria. Se asustó mucho porque el gentilhombre, autoridad eclesiástica, llevaba un fajín rojo y un gorrito del mismo color tapándole la calva. Le empujaron un poco y allí se fue sacando pecho y la mejor voz para que se le oyese en la plaza:

-Bienvenido sea ilustrísimo señor obispo. ¿Cómo está el señor obispo?

-Bien, bien. Contestó lisonjero.

Y le espetó, como alabanza, el representante del pueblo:

-Y… ¿Cómo quedan, allá en su casa, sus “obispines” y la señora obispa que es tan maja?

Se rio abiertamente el obispo de la simpleza y naturalidad del hombrecillo que era de un pueblo tan inocente y crédulo como el mío.

Prometí publicarla. Con las debidas licencias, claro. Imprimatur.

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