Luis del Val
Los novios de la muerte
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Nunca nadie me ha querido como tú. Lo dijiste la última vez que nos vimos. A las cinco de la tarde donde siempre solíamos quedar. Siempre a las cinco de la tarde, esa hora con ambiente mortecino. A las cinco es demasiado temprano para casi todo, pero tarde para cualquier cosa.
A las cinco te esperaba en la Farmacia Cobián. Tú le llamabas Cobain, que te encantaba cambiarle el nombre a las cosas, a las personas, llamarlas a tu manera, con ese ingenio repentino para los silencios entre las conversaciones. “Un día entraremos a comprar tiritas y estará él, con su chaqueta gris llena de bolas detrás del mostrador”.
Siempre llegabas tarde y yo me distraía en el Zara. Analizando la diferencia que hay entre la primera planta y la segunda. El vacío generacional que separan un puñado de escaleras. Pensaba en el teatro, en el día que estrenaron Batman.
Te distinguía desde lejos por tu manera de caminar: el paso ligero levantando los pies de tal forma que a veces parecía que no tocabas el suelo, la mano derecha agarrando el bolso y la izquierda meciéndose adelante y atrás con movimiento militar.
No me tocabas hasta pasado un buen rato. La distancia de seguridad, el aire es libre pero no se invade. Y solo me besabas si alrededor no había nadie, al cruzar las Galerías Centrales, y mirabas hacia atrás, “¿se podrá beber de esa fuente?”, y me empujabas y acelerabas el paso en pequeños saltitos asimétricos como los de los niños cuando están muy contentos. Y yo te quería, desde lejos.
Nunca te pregunté si te avergonzabas de mí, o si los miedos se te agitaban dentro del pecho. Si escapabas o te escondías.
Pero no pregunté y el miedo entonces fui yo.
Como el cobarde, que no perdona ni gana.
Comprábamos ibuprofeno y preservativos los domingos, la señora Cobain se reía al vernos entrar y le decías “hay que prevenir que después son todo dolores de cabeza” y a mí se me salían los mocos por la nariz de la carcajada y la señora Cobain intentaba mantener la compostura y después te pesabas y te enfadabas porque la báscula nunca te acertaba.
Un domingo nuestro amor, como una casualidad caprichosa, se suicidó supongo.
De repente pasó el silencio, y el domingo.
No volví a verte en muchos años, estarías huyendo con otro, de algo, de ti. O quizás no estabas huyendo y solo se trata de que fue así: perplejo.
Hace poco la Farmacia Cobain se mudó por reforma. “Los cambios a veces nos hacen mejores” como me dijiste un día en el Niza. Pero cuando volvió a su sitio original pude verte desde fuera, eras tú, sí, con otra ropa parecida a la del primer piso del Zara que tanto odiabas. Escogías algo con la hija de la señora Cobain, que a la pobre señora ya le tocaba jubilarse. Ojalá estés comprando tiritas, pensé, pero al girarte sostenías un chupete azul.
Y lo recordé, nunca nadie me ha querido como tú.
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