Benito Iglesias
La política de vivienda en España debe de ser la de Galicia
¡ES UN ANUNCIO!
Nunca nadie me ha querido como tú. Lo dijiste la última vez que nos vimos. A las cinco de la tarde donde siempre solíamos quedar. Siempre a las cinco de la tarde, esa hora con ambiente mortecino. A las cinco es demasiado temprano para casi todo, pero tarde para cualquier cosa.
A las cinco te esperaba en la Farmacia Cobián. Tú le llamabas Cobain, que te encantaba cambiarle el nombre a las cosas, a las personas, llamarlas a tu manera, con ese ingenio repentino para los silencios entre las conversaciones. “Un día entraremos a comprar tiritas y estará él, con su chaqueta gris llena de bolas detrás del mostrador”.
Siempre llegabas tarde y yo me distraía en el Zara. Analizando la diferencia que hay entre la primera planta y la segunda. El vacío generacional que separan un puñado de escaleras. Pensaba en el teatro, en el día que estrenaron Batman.
Te distinguía desde lejos por tu manera de caminar: el paso ligero levantando los pies de tal forma que a veces parecía que no tocabas el suelo, la mano derecha agarrando el bolso y la izquierda meciéndose adelante y atrás con movimiento militar.
No me tocabas hasta pasado un buen rato. La distancia de seguridad, el aire es libre pero no se invade. Y solo me besabas si alrededor no había nadie, al cruzar las Galerías Centrales, y mirabas hacia atrás, “¿se podrá beber de esa fuente?”, y me empujabas y acelerabas el paso en pequeños saltitos asimétricos como los de los niños cuando están muy contentos. Y yo te quería, desde lejos.
Nunca te pregunté si te avergonzabas de mí, o si los miedos se te agitaban dentro del pecho. Si escapabas o te escondías.
Pero no pregunté y el miedo entonces fui yo.
Como el cobarde, que no perdona ni gana.
Comprábamos ibuprofeno y preservativos los domingos, la señora Cobain se reía al vernos entrar y le decías “hay que prevenir que después son todo dolores de cabeza” y a mí se me salían los mocos por la nariz de la carcajada y la señora Cobain intentaba mantener la compostura y después te pesabas y te enfadabas porque la báscula nunca te acertaba.
Un domingo nuestro amor, como una casualidad caprichosa, se suicidó supongo.
De repente pasó el silencio, y el domingo.
No volví a verte en muchos años, estarías huyendo con otro, de algo, de ti. O quizás no estabas huyendo y solo se trata de que fue así: perplejo.
Hace poco la Farmacia Cobain se mudó por reforma. “Los cambios a veces nos hacen mejores” como me dijiste un día en el Niza. Pero cuando volvió a su sitio original pude verte desde fuera, eras tú, sí, con otra ropa parecida a la del primer piso del Zara que tanto odiabas. Escogías algo con la hija de la señora Cobain, que a la pobre señora ya le tocaba jubilarse. Ojalá estés comprando tiritas, pensé, pero al girarte sostenías un chupete azul.
Y lo recordé, nunca nadie me ha querido como tú.
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