Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
Vida de una trabajadora en una fábrica conservera
A MESA Y MANTELES
Gracias a trabajos de investigación, como el de la profesora Luisa Muñoz, ha sido posible documentar el hecho de que en la industria conservera gallega, entre 1880 y 1960, se registraban desigualdades en los contratos, tanto en el rango laboral como salarial, en función de criterios de género. En este mercado laboral las mujeres fueron trabajadoras de segunda clase. En efecto, aunque se les encomendaban muchas y variadas tareas, sus contratos y condiciones de trabajo eran peores, y sus salarios muy inferiores a los de los hombres: cobraban prácticamente la mitad que ellos.
En el sector de las mujeres la escala promocional solo se producía en niveles inferiores
En las fábricas de conservas de pescado, tan relevantes en Galicia, las mujeres eran las encargadas de elaborar las sardinas enlatadas en aceite, pero algunas tareas como el salado o el cocinado eran supervisadas por hombres, lo que pone de manifiesto la discriminación ocupacional vertical. Esto viene a significar que los hombres estaban por encima, en puestos de mayor responsabilidad y jerarquía. Los mejores puestos de la escala jerárquica de las fábricas fueron acaparados por hombres que poseían cierto grado de especialización profesional. En el sector de las mujeres la escala promocional solo se producía en niveles inferiores y de forma escasamente significativa, no únicamente por la discriminación inherente a su condición de mujeres, sino también por el hecho de carecer de conocimientos técnico-profesionales que no podían adquirir a causa de su marginación en el sistema educativo formal, en especial en sus niveles medio y superior.
La jornada de trabajo de las operarias era muy amplio. Este testimonio de una trabajadora de la conserva residente en la comarca de O Morrazo expresa la dureza de los horarios, pero también las modestas satisfacciones de una joven que comenzaba a tener que ganarse la vida por sí misma: “Empecé a trabajar a los catorce años allá, en la Fontoura, en la de Valcárcel, en Bouzas; una fábrica preciosa, allí fue donde aprendí. Tenía que salir a las 5 de la mañana para coger el barco en Moaña a las 6. Al llegar a Vigo, había un tranvía que iba hasta la Alameda de Bouzas, pero, hija mía, valía 50 céntimos, y 50 más otros 50 hacían una peseta. El barco ya te salía en una peseta para ir y otra a la vuelta, ya son dos pesetas y había que ahorrar (cobraba 115 pesetas a la semana), entonces íbamos andando”. Tenían que coger el barco que cruzaba la ría a las seis de la mañana para que les diese tiempo de llegar al muelle de Vigo a las ocho. “Pero lo pasábamos muy bien, como éramos chicas lo pasábamos muy bien. A veces íbamos por la Ribeira a mirar cómo los marineros desembarcaban el pescado y después a la vuelta, andando otra vez. Lo pasábamos muy bien, pero era mucho madrugar y por eso mi madre me quitó de aquella fábrica porque era mucho trabajo y se ganaba más en las bateas, pero yo le tenía mucho cariño”.
Esta chica trabajaba 10 horas, y la cosa le parecía llevadera. Pero después tuvo que cambiar de fábrica, para otra conservera de Vilaboa, y en esta nueva empresa las condiciones de trabajo eran sensiblemente peores y la cuestión del horario se le hizo insoportable; decía que allí, “lo pasé mal en el alma”. Y lo relataba de esta manera: “Se trabajaban muchas horas; nunca sabías cuándo venías para casa, y era muy raro que vinieras a tu hora. Mira, la hora de salida eran las seis, pero las ocho, las nueve, las diez, eso era casi, casi, a diario. ¡Y en el tiempo del berberecho, bueno, hemos venido a las once de la noche, a las doce de la noche, a cualquier hora! ¡Pienso que una vez llegué a velar cien horas al mes! ¡He llegado a casa con unas ganitas de llorar! ¡Ah, pero eso sí, las horas que velabas te las pagaban todas! Todo muy legal, muy legal. Y cuando terminabas el contrato, te pagaban el finiquito: ¡eh, cuidadito!, ¡que eran muy respetuosos!”
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