Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
Vida de una trabajadora en una fábrica conservera
SENDA 0011
El viernes pasado volví al campus de Ourense. No a dar una charla, sino a escuchar. Jesús Vázquez, decano de la Facultad de Ciencias Empresariales y Turismo, me invitó al acto de graduación de sus alumnos y acepté sin pensarlo. Hay invitaciones que uno no rechaza porque le devuelven a un sitio que creía haber dejado atrás y que, en realidad, nunca se va del todo. Este año no hablé yo. Hablaron los protagonistas, que es como debe ser: los propios graduados y los padrinos de cada titulación. Y desde el patio de butacas, lo primero que me golpeó no fueron los discursos, sino las caras. Esa ilusión limpia de quien todavía no ha recibido el primer no, de quien mira el futuro como un territorio entero por estrenar. Pasaron por el estrado los de Turismo, los de Administración y Dirección de Empresas, los que combinaron ADE con Derecho y, mira por dónde, los que la unieron con Ingeniería Informática. Esa mezcla de empresa, turismo, derecho y tecnología dice mucho de lo que necesita hoy un territorio: gente capaz de entender a la vez el negocio y la herramienta. Mientras los escuchaba, caí en que la decisión que tienen por delante es la misma que tomé yo hace más de veinte años: qué hacer con lo que saben y, sobre todo, dónde hacerlo.
Durante décadas, en una ciudad como Ourense, el talento joven creció con una idea grabada a fuego: para llegar lejos hay que irse. A Madrid, a Barcelona, fuera. Como si el lugar donde uno nace marcara un techo. Yo no me fui. Construí desde aquí, en Galicia, una compañía que hoy trabaja para clientes incapaces de situar Ourense en un mapa. No lo cuento como mérito personal, sino como prueba de algo más grande: la frontera que durante años obligó a emigrar al talento ha dejado de existir. No la ha borrado una ley ni una ayuda pública. La ha borrado la tecnología. Hoy, una persona formada en Ourense puede competir con cualquiera sin moverse de su casa. Las herramientas son las mismas en un campus gallego que en uno californiano. La inteligencia artificial, que tantas veces presentamos como amenaza, ha hecho algo silencioso y enorme: ha igualado el punto de partida. El acceso al conocimiento, a los mejores instrumentos y a mercados antes reservados a unos pocos ya no depende del código postal. Depende del criterio y de las ganas. Esto cambia el consejo que merecen quienes ese día recogían su diploma.
Durante años les dijimos que se prepararan para marcharse. Habría que decirles otra cosa: que se preparen para quedarse y construir, si quieren, sin sentir que renuncian a nada. Que la ambición y el arraigo han dejado de ser enemigos. Pero hay una condición, y conviene decirla sin adornos. La tecnología iguala la salida, no garantiza la llegada. Cuando todos disponen de las mismas herramientas, lo que distingue a una persona, o a una empresa, vuelve a ser lo de siempre: la constancia, el criterio para elegir bien, la capacidad de rodearse de gente mejor que uno y la honestidad de hacer las cosas bien cuando nadie mira. La tecnología democratiza el acceso. No democratiza el esfuerzo. Aquella ilusión de las primeras filas es, probablemente, el recurso más valioso que tiene Galicia y el más fácil de desperdiciar. Se apaga despacio, casi sin ruido, cada vez que a alguien con talento le hacemos creer que su sitio está en otra parte. Cuidar esa chispa no es un gesto sentimental, es una decisión con consecuencias. Las regiones que prosperan no son las que más titulados producen, sino las que consiguen que se queden a construir aquí lo que han aprendido.
Por eso acepté la invitación: aparecer y escuchar es una forma de decirle a quien empieza que lo que tiene entre manos vale, que no necesita un billete de avión para que su trabajo importe. Salí de aquel acto con la sensación de haber recibido más de lo que habría dado en cualquier charla. Y con una certeza que me gustaría dejar escrita para esos recién graduados. Durante años medimos el éxito por la distancia que había que recorrer para alcanzarlo. Quizá ha llegado el momento de medirlo por lo que somos capaces de levantar sin movernos de casa.
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