Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Un libro fundamental, hoy difícilmente encontrable, para comprender los avatares de la II República y la guerra civil, es la obra del embajador de los Estados Unidos en nuestro país en aquel tiempo Claude G. Bowers, titulado “Misión en España. En el umbral de la II Guerra Mundial”. Es un libro preciso, documentado, muy bien escrito, lo que hace especialmente grata su lectura. La versión que poseo fue publicada por Grijalbo en México en 1955 y tuve la suerte de encontrarlo r
Como dice Bowers es un conflicto entre los escrúpulos y la ambición, aunque para ello haya que pactar con quien se proclamaba, como en el caso de Sánchez, línea roja infranqueable que, una vez traspasada, nutre y sostiene su propia estancia en la presidencia del Gobierno
Refleja muy bien el clima de ilusiones y frustraciones en que se desarrolló la República, pero es especialmente interesante el retrato que hace de los diversos personajes del momento, donde cada uno queda perfectamente definido de modo objetivo y clarificador. A efectos del asunto que ahora nos ocupa, resulta especialmente curioso la forma en que describe la personalidad de Alejandro Lerroux, del Partido Radical, al que pinta como un sujeto maniobrero, de pocos escrúpulos en política, tras su curiosa evolución desde el extremismo anticlerical tan definido por sus afirmaciones sobre elevar a las novicias a la categoría de madres, al conservadurismo más radical.
Obviamente, salvadas las distancias ideológicas, las maneras de Lerroux de lograr sus objetivos del modo que fuere, mediante alianzas o maniobras, con frecuencia al borde de la Constitución, coinciden curiosamente con las propias mañas del actual presidente del Gobierno, el doctor Pedro Sánchez, tan repetidamente experimentada, y sostenida por eso que este hombre que presume de principios, pero que se justifica porque cuando los abandona es que simplemente ha cambiado de opinión. Esto como la memorable frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros”. Como dice Bowers es un conflicto entre los escrúpulos y la ambición, aunque para ello haya que pactar con quien se proclamaba, como en el caso de Sánchez, línea roja infranqueable que, una vez traspasada, nutre y sostiene su propia estancia en la presidencia del Gobierno. La versatilidad de Sánchez es proverbial: unas horas después de anunciar que presentará de nuevo el decreto ómnibus resulta que quería decir que lo iba a trocear.
Porque dispone de un buen equipo de escribidores de discursos, tiene Sánchez como Lerroux unos trucos retóricos evidentes, de modo que pretende que se reinterpreten sus palabras; o sea, que cuando decía que estaba en contra de que un político indulte a otro, o que lo de Cataluña de 2017 fue en toda regla un delito de “rebelión”, o que nunca llegaría a la Moncloa por pactar con ERC, o que la amnistía era imposible por no caber en la Constitución, quería decir justamente lo contrario. Y ese era uno de los trucos de Lerroux también, a quien Bowers califica de “pintoresca y vivida figura”. Dice el que fuera embajador de los Estados Unidos que Lerroux estaba interesado en el poder y el favoritismo, hasta el extremo de sostener que “La Constitución no significa nada entre amigos”. O sea, que puede estirarse o encogerse como convenga, como acabamos de ver y seguimos viendo en nuestro presente con aquella amnistía que no cabría en la Constitución, hasta que el fugado Puigdemont, que Sánchez se comprometiera a traer ante el juez, se plegara a su exigencia, a cambio de los siete famosos votos, imprescindibles para seguir en la Moncloa, como cada día se hace evidente.
Bowers, observador preciso, subraya el cinismo de Lerroux, que inevitablemente avoca a otras formas parecidas. Cuando Lerroux perdía una votación, decía que aquel resultado adverso se debía a que el pueblo había perdido la confianza en las Cortes. Y si por ese modo no lograba imponer sus objetivos, buscaba otro. ¿Les suena? Por cierto, que Lerroux, cuya caída tuvo que ver con el escándalo de su tiempo del llamado “estraperlo”, es el gran antecedente, luego ampliamente repetido de la corrupción en España. Era una ruleta que ocultaba un dispositivo eléctrico que permitía su manipulación y pingües beneficios para la banca de los casinos de San Sebastián y en Baleares, cuyos empresarios, que aseguraban haber donado grandes cantidades de dinero a miembros del Gobierno a modo de sobornos, exigieron una indemnización e iniciaron una campaña de desprestigio y acoso que salpicó a Alejandro Lerroux. Curioso personaje, escapado a Portugal en la Guerra Civil, desde donde expresó su adhesión a Franco, como otros radicales.
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