Miguel Anxo Bastos
¿Trabaja Trump para la izquierda?
Ahora que estamos en primavera, están por todas partes.
Crecen en las cunetas, en los bordes de los caminos, entre la hierba que nadie cuida. Aparecen sin avisar, mezcladas, sin orden, y aun así vuelven cada año como si siempre hubieran estado ahí, ocupando ese espacio sin que nadie las plante ni las espere.
No sabemos cómo se llaman la mayoría, pero las hemos visto toda la vida.
Algunas crecen más altas, otras casi pegadas al suelo, mezclándose con la hierba, ocupando huecos que parecen no tener importancia
Están las margaritas, sencillas y reconocibles incluso sin pensar. También esas flores amarillas pequeñas, los dientes de león, que aparecen de repente y lo llenan todo de color. Y otras más discretas, moradas, diminutas, que pasan desapercibidas si no se mira de cerca. Algunas crecen más altas, otras casi pegadas al suelo, mezclándose con la hierba, ocupando huecos que parecen no tener importancia.
Forman parte del paisaje. Las vemos al pasar, desde el coche o caminando, como una mancha de color al lado del camino. Están ahí, acompañando, sin llamar demasiado la atención, repitiéndose en cada curva, en cada tramo, como algo que no cambia.
A veces el camino es el mismo, pero las flores no. Un día aparecen más, otro menos, algunas desaparecen y otras ocupan su lugar. No siguen ningún orden claro, pero encajan igual, como si no hiciera falta que alguien decidiera cómo deben estar.
También hay momentos en los que el color cambia todo. Tramos en los que el amarillo domina, otros en los que aparecen más blancos o pequeños puntos morados que se mezclan entre el verde. Desde lejos parece lo mismo, pero al acercarse cada trozo es distinto.
Hasta que un día te paras.
No por nada especial. Simplemente bajas el ritmo, miras un poco más y te agachas. Coges una, luego otra, y sin darte cuenta llevas un pequeño ramo en la mano. Un ramo improvisado, irregular, hecho con lo que iba apareciendo. No combina especialmente bien, no sigue ninguna norma, no está pensado para durar, pero tiene algo distinto.
Es un ramo que no estaba previsto. Surge en el paseo, en ese momento en el que decides fijarte un poco más. Las flores que hace un momento estaban en el borde pasan a estar en tu mano, juntas, de otra manera. Cambia la forma, cambia el lugar, pero siguen siendo las mismas.
A veces ni siquiera sabes por qué eliges unas y no otras. Simplemente están ahí, a la altura de la mano, y acaban formando parte del ramo sin pensarlo demasiado. Algunas se caen por el camino, otras aguantan un poco más, otras llegan hasta casa. Al llevarlo contigo, todo se ve diferente.
Siguen siendo flores de cuneta, de borde, de esos sitios por los que normalmente se pasa sin detenerse. Pero ahora ocupan otro espacio. Ya no están al lado del camino, están contigo.
Y entonces ya no pasan desapercibidas.
@achillea.flowers
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