Miguel Anxo Bastos
¿Trabaja Trump para la izquierda?
HISTORAS INCREÍBLES
Siempre se ha oído que Dios escribe en líneas torcidas. Imaginando sus renglones torcidos hemos llegado a suponer que suspende en caligrafía. En esa llamativa expresión se esconde la fe.
La seguridad de que la vida de cada uno de nosotros se desarrolla, no de forma desamparada, sino que siempre nos acompaña, aunque a veces no entendamos lo que lo que ha previsto, para nosotros, cada jornada.
Seguro que te pasa como a mí. Le imaginas como una madre que se preocupa por cada uno de nosotros. Me viene a la cabeza aquel tiempo tan precioso en el que ella, la mía, ponía todo su empeño en enseñarme a escribir. De ella aprendí a interpretar aquellos signos gráficos, como palomas mensajeras, en cuyo pico viajaban hacia mí las palabras.
Poco a poco me di cuenta de que las palabras, pensaba yo, se juntaban como grupos de amigos y hacían historias increíbles. Juntas se iban colocando en lo que me dijeron que eran los libros. Qué casualidad, en estos días hemos celebrado el día del libro. Es un libro un pájaro fantástico con ochenta, o ciento treinta y dos, o trescientas páginas que no son sino las alas con las que se remontan al cielo los poemarios, las novelas, los artículos de los periódicos…
Cuando me enseñaba ella a coger el lápiz, lo hacía como lo hacía la tuya, con toda la ternura. Luego me dejaba a mí solo como se deja a aquel a quien enseñan a montar en su bicicleta. Y yo me emocionaba con el aire que me daba en la cara y garabateaba los signos de la gramática. Pero me iba arriba o abajo y torcía el flujo de lo escrito, al no tener apoyo. Entonces mi madre se reía, pero dulcemente, y me decía que eso era la carretera del Puente a San Pedro.
Entonces me hacía escribir sobre una falsilla. La falsilla era un cartón con líneas paralelas, sobre el que se colocaba un folio que trasparentaba. En aquel momento no me equivocaba y escribía a derecho. Entonces me decía: “así me gusta, como Dios manda”. Y nos reíamos los dos como dos tontos.
Ahora que ya soy grande y creo que pronto seré un viejo, me he dado cuenta de que Dios nos pone bajo nuestra vida, nuestro folio, su falsilla para que lo hagamos nosotros todo recto. La falsilla no es otra cosa que esa moral que ha escrito en aquel libro. Somos libres para seguir esa pauta o para no seguirla e inventarnos una nuestra con la que podremos garabatear sin importarnos el suspenso.
Miremos nuestras disgrafías y observemos. Conviene que corrijamos, siempre estamos a tiempo, la escritura de nuestra vida y la memoria muscular, ese escoger siempre un comportamiento honesto.
Después ya no le echarás la culpa al Señor y le culparás de que escribe con líneas torcidas, a sabiendas de que siempre está a tu lado como una madre, como el Padre que más que reprocharte te espera siempre en el sendero recto.
Fíjate si es un mundo extraordinario. Fíjate si lo es que su propio Hijo es la Palabra. No una palabra vacía sino una palabra activa que nos penetra el corazón y se nos queda, allí, para siempre, como el más escogido poema del florilegio.
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