Antón Giráldez
TRIBUNA
Territorio emprendedor
DEAMBULANDO
Yendo entre Jerusalem y Jericó, como se lee en la biblia, de ésta que pasó por una de la más antigua de las ciudades, salgo para el oriente a la búsqueda de un sol cicatero al que la nubosidad hurta.
Por entre la ya densa arboleda de los márgenes de un Barbaña, a sus dos urbanas orillas de las que un cementado paseo y el otro a la espera, me hallo en el Pazo dos Deportes para atravesar la más antigua de las carreteras a Celanova, la que pasa por San Cibrao, al que el das Viñas ya no cuadra por quedar reducida la vid a algún escaso parral, donde un poco antes se otea la morada de ese empresario de la carne el “Requeno” Antonio. Por Seixalbo, en su costado sur, las obras de la variante del Ave, a todo trapo y aquellos desmontes que parecían obra de titanes, las máquinas redujeron a trincheras. Subo por donde la Ciudad de los Muchachos ubicación tuvo, por pista o camino de cierta erosión pluvial, con ánimo de saludar a un amigo que por allí mora, pero de tan ocupado en su predio de mil herramientas dotado, como oculto por la floresta permanece. Llegado a O Cumial, su alto, porque el campamento militar que fue, distante como a dos mil pasos, y no sé cuántas pedaladas, de destejados barracones que todavía subsisten y una gran explanada que hoy herbosa luce, y unas garitas de guardia que dan testimonio de su militar pasado. Se tarda en convertir aquello en parque o algo así, una vez retornado al municipio.
Al tránsito tras industrial polígono do Pereiro, que de tan vecino al más grande de San Cibrao, destinados como a fusionarse por expansión. Allá la colindante finca de varias hectáreas de robledal de una pareja amiga, que serán desarboladas para que el monstruo las devore en una anexión por expropiación forzosa por causa de pública utilidad.
Dejo a izquierda al parque deportivo de Monterrei para bordear por el oeste Pedraio y seguir con cierta trepadilla hasta donde el amigo Peribáñez, que no el comendador, mora, animus parlandi, y aunque estoy en Parladoiro ninguna oportunidad de tal parlamento con el amigo, aunque de decir se ha que él más conversador.
Me impresiona pasar bajo la férrea línea de alta velocidad por a Abeleda, y por Outeiro da Laxe nunca veré a Ildefonso Babarro, ese homo religiosus de amables convicciones que nunca confrontará con las tuyas
Discurriendo por la chairas tierras de Solbeira, Paderne, sobresale la iglesia de San Lourenzo que vio misar a ese irrepetible Carlos Babarro y no ahora cuando de retiro impuesto por la edad a tan activo párroco que llegaría a regentar, creo, hasta seis parroquias.
Ando y desando por A Torre, avisto la otra iglesia barroca de Figueiroá, donde aún se oye el rumor de las aguas del Barbaña, cuando de crecida, desde sus cercanas fuentes de Monte Cobreiro. Me solazo de su rumor mientras echo mano del socorrido bocata de siempre, de alguna fruta, y de la inevitable agua que tentado de cogerla de la fuente pero presente siempre la frase de un pariente y sin embargo amigo que aconseja no beber de ninguna aunque mane clara porque al paso las aguas contaminadas por el vacuno, los pesticidas o los desechos, van depositando su térreo mineral e invitan por su transparencia.
La remprendí pensando que por camino o pista que si tal años ha mas, ogaño de asfáltica cobertura, transitando por paisaje de ensueño donde la pradería jalonada de frondosas y donde todavía se oye el canto del gallo a mediodía y algún ladrante can que advierte a un invisible amo.
Por Cantoña, la de arriba, suave descenso a la de Abajo, que estación ferroviaria sin uso, casi nunca y ahora menos. Con el propósito de avistar a un amigo para alguna parrafada paso por Golpellás, pero nunca hallo ni por sorpresa al pintor Moreiras, que es como me gusta visitar a los amigos al paso, sin concertar llegadas. Por Moredo tampoco veo al filósofo escritor de la nostalgia, Carlos Risco, ese irreductible de la naturaleza que tan natural la concibe que nunca segará la yerba de su anexo predio o de su recolecto patio.
Me impresiona pasar bajo la férrea línea de alta velocidad por a Abeleda, y por Outeiro da Laxe nunca veré a Ildefonso Babarro, ese homo religiosus de amables convicciones que nunca confrontará con las tuyas. Por Santiago da Rabeda, cercana otra iglesia notable, y por Silvoso y Silvosiño, pedaleo hacia Pumar, que debió tener manzanos, y aun recuerda uno cuando la parentela por allí de asueto moraba.
El periplo continuaría hasta la ciudad, distante como a 6 millas, que, para no repetir aldeas o lugares, aquí acabo cuando distante a docena de kilómetros.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
SIMBOLISMO Y SOLIDARIDAD
Cristina Pedroche vuelve a ser el icono de las Campanadas con un vestido reciclado