Francia - España

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 18 jul 2026 - 06:10
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Estaban todos los de siempre. Menos el Pepe “el auténtico”, que se llamaba así para diferenciarlo de otro Pepe que se unió al grupo más tarde. Y claro, Pepe “el nuevo” les pareció un mote escaso de carisma. El auténtico no estaba porque su hijo le puso una VPN para ver los partidos en casa. Un acto cotidiano tan ilegal como resolutivo. Y un “es que me sale la cerveza más barata” que justifica lo indebido.

Pero estaban todos.

La idiosincrasia permanecía instaurada desde antes de todos los Pepes. Desde antes de todos los bares. De todos los congresos. Desde antes de las tribus urbanas. Por favor, que alguien nos devuelva las tribus urbanas.

Estaban todos, esparcidos por todas las situaciones posibles. Algunos permanecían sentados en la mesa, con un movimiento epiléptico de baterista, rodilla arriba rodilla abajo. Otros miraban desde fuera, a través del gran ventanal del bar, fumando un cigarrillo tras otro sin dejar nunca que se apagase el anterior.

Modesto y Toño se quedaron en la barra. Con su olor a Agua Brava y cuero. A Winston. Dos taburetes de comodidad moderada y un acceso ágil a la cerveza, al lomo y queso, al palillo para el paluego, al comentario infalible que sienta cátedra y que nunca nadie va a poder comprobar porque, claro, sucedió en aquellos tiempos donde todavía no existía internet.

Las realidades fantasmas de tiempos remotos.

El barullo se mezclaba con el alborozo cotidiano que tienen los bares. La maquinita al fondo con su chincli chincli. Los no tienes ni idea. Las palmas de las manos golpeando cualquier superficie sólida cercana. El chsss de la panceta.

Los bares son como las casas, tienen sus propios ruidos.

Todos los sonidos se juntaron en un mismo estallido de júbilo. Al unísono. Justo ahora, que la alegría compartida se ha convertido en anomalía.

Los abrazos, chocar las manos, los brindis. Otra ronda. Mañana hay que trabajar Qué más da. Lo entenderán. Estamos en la final. Que no nos espere despierta la parienta.

El bar cerró, no quedó ningún sitio donde celebrar.

De vuelta a casa, Modesto y Toño se abandonaron a las eses de sus piernas al caminar medio abrazados, al equilibrio imposible de lo inestable. A la altura del Niza, Modesto tropezó consigo mismo y se cayó de bruces. Toño lo cogió del brazo y tiró hacia sí mismo. Modesto se agarró al hombro derecho y le cogió la mano que tenía libre. Se miraron un segundo, dos. Se agarraron justo por debajo de la línea de los pómulos y se besaron muy fuerte. Tres segundos, cuatro. Se empujaron de pronto, se miraron de nuevo. La mueca de lo inusitado, la vergüenza de lo repobable. Se fueron sin volver la vista atrás.

A Pepe “el auténtico” dejó de funcionarle la VPN y tuvo que bajar al bar a ver la final. Preguntó por Toño y por Modesto. Nadie supo responderle, ni siquiera el otro Pepe.

Nunca más volvieron a estar los de siempre.

Contenido patrocinado

stats