Berto Manso
LA OPINIÓN
La realidad de la permanencia
El absentismo laboral ha vuelto al centro de la conversación pública. En ese contexto, la palabra “fraude” se cuela en titulares y análisis, como si el problema principal fuese el abuso del sistema por parte de trabajadores o incluso de los propios profesionales sanitarios. Ese enfoque no solo simplifica en exceso la situación, también distorsiona lo que realmente está ocurriendo.
No es la primera vez que sucede algo parecido. En otros ámbitos, como la violencia de género, algunos se empeñan en poner el foco en las denuncias falsas. Los datos las sitúan en lo que son: un porcentaje mínimo frente a un problema mucho mayor, sostenido en el tiempo y, en muchos casos, oculto. Ese ruido alrededor de lo excepcional no ayuda a entender el fenómeno, más bien lo tapa.
Con las bajas laborales se está recorriendo un camino similar. Puede haber casos aislados, como en cualquier sistema. Poner el foco únicamente en ellos deja fuera a una mayoría silenciosa: personas que no solo arrastran dolencias físicas, sino también desgaste mental acumulado, y que continúan trabajando hasta que el cuerpo o la cabeza no aguantan más. Algunas ni siquiera llegan a detenerse a tiempo.
Las cifras relacionadas con la salud mental y los suicidios llevan años marcando una tendencia preocupante. Detrás hay jornadas prolongadas, presión constante, falta de control sobre el propio trabajo o entornos poco saludables. No aparece de un día para otro, ni responde a una decisión puntual: se va acumulando poco a poco, hasta que termina pasando factura.
En paralelo, el marco normativo empieza a moverse en otra dirección. El borrador de la reforma de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales incorpora de forma expresa los riesgos psicosociales, como estrés, carga mental, organización del trabajo o relaciones laborales dentro de la evaluación preventiva. También amplía el concepto de daño laboral, incluyendo dimensiones emocionales, cognitivas y sociales, y obliga a revisar las condiciones cuando cambian los procesos, la organización o incluso el entorno.
La idea de fondo es clara: la salud en el trabajo no se limita a evitar accidentes. A esto se suma la necesidad de adaptar el puesto a la persona, especialmente tras ausencias prolongadas. La reincorporación exige ajustes reales en el entorno y en las condiciones de trabajo si se quiere evitar recaídas. Se refuerza, además, la protección frente al acoso y se introducen variables como la edad o el género en la gestión preventiva, reconociendo que los riesgos no afectan igual a todos.
Mientras tanto, hay otro elemento que influye de forma directa en la duración de muchas bajas: el propio sistema sanitario. Las demoras en pruebas diagnósticas, la espera para acceder a especialistas o la dificultad para completar determinados tratamientos alargan situaciones que podrían resolverse antes con mayor agilidad.
Apuntar al trabajador no arregla nada. Las empresas que analizan lo que ocurre en su día a día encuentran patrones repetidos: sobrecarga en determinados equipos, turnos poco sostenibles, falta de planificación o estilos de liderazgo que incrementan la tensión. Ahí es donde empiezan muchas ausencias. También ahí aparecen salidas voluntarias, lo que conecta absentismo y rotación como parte de un mismo problema.
Las organizaciones que invierten en prevención real no en documentos, sino en cambios efectivos, consiguen equipos más estables, menor número de bajas y mejor rendimiento. La ecuación no es compleja: cuando las personas están bien, trabajan mejor y se quedan más tiempo.
Esto no se arregla desconfiando más, sino metiéndose en el origen del problema. El paso importante está en analizar qué está empujando a tantos trabajadores a tener que parar y actuar sobre esas causas.
Porque, en la mayoría de los casos, no hay fraude, existe el sufrimiento silencioso.
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