David Alvarado
Introdución á xeopolítica de Venezuela para populistas ourensáns
En los países latinoamericanos, como Venezuela, proliferan las telenovelas; esas series cargadas de melodrama, que constan de interminables entregas y una de cuyas características más apreciadas por el público que las sigue es la presencia de una villana. Esto es, un personaje femenino de naturaleza malvada, en principio antagonista, pero que acaba, de facto, convirtiéndose en la auténtica protagonista del relato.
Esto no es ninguna novedad. De hecho, es un recurso conocido en la cultura occidental ya desde la dramaturgia de la antigua Grecia, aunque llegó a su cúspide con obras de los autores del siglo XVII, uno de cuyos ejemplos más conocidos es el británico William Shakespeare, que se especializó en la creación de estereotipos femeninos poderosos, varios de los cuales desafiaban los moldes patriarcales, como en el caso de Lady Macbeth.
En la obra de Shakespeare, Lady Macbeth aparece por primera vez al final de la escena V del acto primero, leyendo en una carta en la que tres brujas han profetizado el futuro como monarca de su marido. Así que, cuando el rey Duncan se alojó en su casa, lady Macbeth aprovechó esa oportunidad para tramar su asesinato, consciente de que el temperamento bondadoso de su esposo era poco compatible con la comisión de un regicidio.
En verdad, Maduro es un auténtico bufón, que genera tanta repulsa como vergüenza ajena
Aun sin ser la protagonista, el personaje de Lady Macbeth es una presencia poderosa de la obra, siendo uno de sus momentos cumbre la escena durante el quinto acto en la que camina sonámbula, actuando como la nerviosa anfitriona de un banquete dominado por las alucinaciones de su marido. Se trata de un punto de inflexión en la trama, y su célebre frase «¡Fuera, maldita mancha!» es un clásico entre los admiradores de Shakespeare.
Como casi siempre, la realidad acostumbra a superar a la ficción. Cual malvada de telenovela barata, surge Delcy Rodríguez -bien conocida en nuestro país- para convertir la actualidad venezolana en un sainete; pasando de personaje secundario a protagonista, tras ser catapultada a la presidencia interina del país por los mismos que han capturado a su antecesor y se lo han llevado a Nueva York para celebrar la entrada del año en chándal y chancletas.
En verdad, Maduro es un auténtico bufón, que genera tanta repulsa como vergüenza ajena. Aparte, por supuesto, de ser un dictador, tras haber -presuntamente- alterado el resultado electoral. Pero, cuando creíamos que no se podían alcanzar mayores cotas de podredumbre, el ser humano siempre nos sorprende. Porque aún hay algo peor que ser un dictador: traicionarlo para ocupar su lugar; o sea, ser una “dictraidora”.
El Derecho separa a toda sociedad civilizada del uso de la fuerza, aunque esa respuesta civilizada ante un ejercicio ilegítimo del poder no resulte siempre tan sencilla. Lo mismo sucede en el ámbito de las relaciones entre Estados. De momento, la ensordecedora algarabía de miles de venezolanos celebrando por las calles la actuación de los Estados Unidos parece opacar las críticas ante las evidentes vulneraciones del Derecho internacional.
Aunque ni las causas resulten tan claras ni las consecuencias hayan sido las esperadas por la mayoría, es evidente que será chocante criticar la acción americana mientras el propio régimen “derrocado” parezca aceptar la situación. Posiblemente, estaríamos ante un escenario distinto si no fuera por ese petróleo que tan bien se las arregla para ensuciar todo. Pero, como gritaba Lady Macbeth, en efecto, hay manchas que son difíciles de limpiar.
Contenido patrocinado
También te puede interesar