Iván González Decabo
DIARIO LEGAL
El IVA franquiciado para autónomos: España, a contracorriente de Europa
La famosa y lapidaria frase del legendario entrenador serbio Vujadin Boskov tan añorado por su mal y divertido empleo del español como por su agudeza mental, nos viene hoy que ni pintada para comentar lo ocurrido, vergonzoso, en el partido España-Egipto del otro día en Cornellà.
Yo cada vez que ocurre algo así, que es constantemente por cierto (véase el caso Vinicius Jr., u otros como Niko Williams que tenemos en la mesa todos los días) me pregunto lo siguiente: ¿Es que tanto comentarista indignado aun no se ha dado cuenta a estas alturas del partido de que eso, el odio, la xenofobia, los insultos, la animadversión hacia el diferente, el racismo, las amenazas, el machismo, la homofobia, etc., solo se dan de esa forma tan intensa en el fútbol? ¿No se han fijado?
Porque yo no veo nada que se le parezca, y no lo he visto nunca ni en el baloncesto, ni en el balonmano, ni en la natación sincronizada, ni en el atletismo, ni en el hockey, ni en la halterofilia, ni en el esquí, ni en el curling o en la petanca ya por decir cualquier cosa estúpida. No lo he visto nunca en ningún deporte más. Solo en el fútbol. ç
¿No habrá acaso un problema precisamente en el fútbol? ¿En su propia naturaleza?
Ni siquiera el público alemán nazi, y hasta el propio Hitler en persona en las Olimpiadas de Berlín de 1936 abrieron la boca cuando saltó al estadio Jesse Owens con su bonito color de piel. Se callaron. Y si no les gustó, no aplaudieron y punto. A lo peor, si lo pensamos un poco en serio, hasta los nazis de verdad eran más educados que esta masa de idiotas ignorantes y fuera de sí que vive entre nosotros hoy y okupa los estadios.
Pero ya se sabe… fútbol es fútbol.
Vuelvo a lo de antes. ¿No habrá acaso un problema precisamente en el fútbol? ¿En su propia naturaleza? Por algo que no acabamos de entender del todo y no vemos. Por algo que se nos escapa. ¿Y si fuera así, qué?
No soy yo especialmente futbolero, aunque a veces me gusta ver algunos partidos por la tele. Siempre he pensado que la grandeza del fútbol, que la tiene y es extraordinaria, está no en sus grandes estrellas como Messi, Ronaldo, Maradona o Pelé, que por cierto era negro de cojones con perdón. Sino en once chicos semidesnudos que juegan descalzos con una pelota de trapo en un campo de barro sin porterías en África, mientras a lo lejos la gran luna de la sabana asoma en el horizonte lentamente, recortando contra su rojiza silueta circular los negros cuernos de un impala que otea el paisaje y olfatea nervioso las noticias del viento.
Tal vez el fútbol nos gusta porque fue eso una vez en algún sueño lejano o imaginado, una noble aspiración del alma y del corazón. Pero si fue así, hace mucho tiempo que eso se perdió.
¡Qué triste! Porque hoy fútbol es solo fútbol y nada más.
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