Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
SENDA 0011
En estos días de graduaciones, cuando miles de jóvenes culminan sus estudios universitarios y se asoman a un mundo incierto pero lleno de posibilidades, es inevitable preguntarse: ¿qué les espera? Y, sobre todo, ¿qué responsabilidad tenemos quienes ya llevamos recorrido un tramo del camino?
Este viernes tuve el privilegio de ser padrino de una promoción de graduados en Administración y Dirección de Empresas. Frente a ellos, tan llenos de energía y sueños como lo estuve yo alguna vez, comprendí con más claridad que nunca que nuestro papel no termina con haber “llegado”. Comienza, más bien, cuando decidimos dar ejemplo.
Porque no basta con inspirar desde la distancia. Es momento de involucrarse. De demostrar, con hechos, que se puede tener éxito sin sacrificar valores. Que es posible equivocarse sin perder el rumbo. Que la ética, el compromiso y la pasión siguen siendo pilares irrenunciables en cualquier proyecto vital o profesional.
Los jóvenes de hoy no necesitan discursos motivacionales vacíos ni consejos desconectados de la realidad. Necesitan referentes. Personas que los miren a los ojos y les digan la verdad: que el éxito cuesta, que la incertidumbre es parte del camino, y que las caídas no solo son inevitables, sino necesarias. Necesitan ver que nosotros también dudamos, tropezamos y aprendemos. Que el mérito no está en acertar a la primera, sino en persistir.
Hoy, quienes se gradúan no solo buscan empleo o proyectos. Buscan propósito. Quieren dejar huella
Graduarse no es llegar, es empezar. Por eso, mirar a esta nueva generación no es solo emocionante: es una llamada de atención. Son el relevo, sí, pero también el espejo en el que debemos medir el legado que les dejamos. ¿Les hemos enseñado que vale más una carrera brillante que una vida coherente? ¿Que lo importante es destacar, aunque sea a costa de los demás? ¿O les hemos mostrado que se puede avanzar sin atropellar, que compartir el conocimiento no debilita, sino que fortalece?
La universidad ha sido, para muchos de nosotros, un punto de partida. Allí aprendimos a pensar, a cuestionar, a construir. Pero lo que hacemos después, fuera de esos muros, es lo que valida, o no, ese aprendizaje. Y ahí es donde el ejemplo cuenta más que cualquier título.
Por eso, desde mi experiencia personal y profesional, comparto algunas ideas con las que intento vivir y que creo que todo graduado merece escuchar. No para imponer caminos, sino para abrir horizontes.
Primero, el éxito no es una línea recta. Hay retrocesos, pausas, frustraciones. Y está bien. No se trata de llegar rápido, sino de construir con sentido. A veces, lo que hoy parece un desvío, mañana se revela como el verdadero camino.
Segundo, el talento suma, pero el entorno multiplica. Rodéate de gente que te haga mejor. Que te cuestione, que te apoye, que te rete. Los logros colectivos dejan una huella mucho más profunda que los individuales.
Tercero, la honestidad no es negociable. Vivimos en tiempos donde la tentación del atajo es constante. Pero no hay logro que compense traicionar los propios principios. La ética no es una moda ni una estrategia: es una decisión diaria.
Cuarto, aprender nunca acaba. Lo que sabes hoy será insuficiente mañana. El mundo cambia, la tecnología se transforma, las sociedades evolucionan. El que deja de aprender, se queda atrás. Leer, viajar, escuchar a otros no es perder el tiempo: es construir criterio.
Y quinto, disfrutar el camino es parte del camino. Celebrar los pequeños logros, compartir los avances, recordar los inicios… todo eso da sentido al esfuerzo.
Hoy, quienes se gradúan no solo buscan empleo o proyectos. Buscan propósito. Quieren dejar huella. Y para lograrlo necesitan que nosotros les mostremos cómo se hace. No desde la perfección, sino desde la coherencia.
Estos jóvenes que hoy reciben su diploma no son “el futuro”. Son el presente que empieza. Y si tenemos la suerte de que nos escuchen, aunque sea un poco, usemos esa voz para guiar sin imponer, inspirar sin abrumar y acompañar sin condicionar.
Y eso, más que un honor, es una responsabilidad.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
LOS LIBROS QUE LEO
"Cartas a un joven poeta" para una búsqueda de la paz interior
OBRAS Y SOCAVONES
Ourense, la ciudad de las vallas infinitas