Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
CUENTA DE RESULTADOS
Si algo queda claro en el Anuario 2025 del Foro Económico de Galicia, presentado esta semana en Afundación, en A Coruña, es que esta comunidad ya no viaja en ningún furgón de cola y que, cuando menos, es prácticamente como España. Galicia destaca por su resiliencia y crecimiento sostenido. Eso sí, crece, pero algo menos que el conjunto del Estado y su productividad aún está por debajo de la media. Son algunos de sus retos pendientes, pero hay más.
En 2024, Galicia mostró un notable dinamismo, con un crecimiento del PIB del 2,8 %, por encima de la media de la zona euro
En un escenario internacional marcado por la ralentización de las grandes potencias, Galicia mostró en 2024 un notable dinamismo, con un crecimiento del PIB del 2,8 %, por encima de la media de la zona euro y de países como Francia, Italia o Portugal, aunque algo por debajo del promedio español (3,2 %). Suma así quince trimestres consecutivos de expansión y supera en un 10,1 % los niveles de PIB real prepandemia.
Lo que diferencia a Galicia no es solo el crecimiento en sí, sino su composición. Mientras España crece gracias a la demanda interna, Galicia lo hace con un equilibrio notable entre consumo interno y exportaciones. Es, en esencia, una economía que ha sabido aprovechar su capacidad exportadora para mantener el pulso incluso cuando el consumo privado se retrae. Dato positivo.
No obstante, esta contracción del consumo de los hogares – cae un 0,3 %– debería alertar a los responsables económicos. La recuperación postpandemia no se está distribuyendo de manera homogénea y el impulso público, aunque necesario, no puede eternizarse como sustituto del gasto privado. La inversión, por su parte, aporta algo de optimismo al crecer un 1,5 %; máxime en la construcción.
La balanza comercial gallega ofrece uno de los mejores perfiles del Estado, con un superávit de casi 4.000 millones de euros, un 38 % más que el año anterior. Galicia vende principalmente bienes de consumo a la UE y lo hace con eficiencia, lo que refuerza su posición como economía abierta y exportadora. Pero también exige atención: esa fortaleza depende de un entorno exterior que puede frenarse con rapidez.
En el plano de la oferta, la industria manufacturera y la construcción lideran el crecimiento. Esto es una buena noticia en una comunidad que necesita reindustrializarse para generar empleo estable y de calidad. Sin embargo, el sector primario continúa su declive, lo que debería reabrir el debate sobre su papel en el modelo económico gallego. A pesar de su escaso peso en el Valor Agregado Bruto (VAB) – refleja el valor adicional creado por la actividad económica–, su importancia social y territorial es evidente.
La estructura productiva muestra una clara terciarización. Los servicios representan ya casi tres cuartas partes del VAB gallego. La hostelería, el transporte y la Administración pública siguen ganando peso. Pero la pregunta de fondo es si esta terciarización está acompañada de productividad suficiente y salarios adecuados. Aquí entran en juego los datos sobre distribución de la renta.
A pesar del crecimiento de la remuneración de asalariados, su peso relativo sigue por debajo del excedente bruto empresarial. En términos de empleo, la economía gallega avanza, pero a un ritmo inferior al del conjunto de España. No es sostenible una economía con un PIB en expansión si la creación de empleo no acompaña o si el trabajo generado es precario o mal remunerado. Toca seguir mejorando.
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