Galicia, una economía de contrastes

Publicado: 23 jun 2026 - 05:10
La Región

Vaya por delante, en esta contribución de hoy, mi solidaridad sin reservas e imposturas con los vecinos de Valdeorras y Viana do Bolo afectados por las recientes riadas. Una desgracia colectiva que bien reclama una reflexión y un debate sosegados, que no debemos postergar por más tiempo, so pena de convertir un hecho aparentemente extraordinario en una fatalidad recurrente. Y con esta intención, y sin pretender entrar en mayores controversias ambientalistas, cabe inferir que el azote de los incendios forestales del pasado verano ha agudizado la vulnerabilidad de los espacios naturales y estimulado un proceso acumulativo de degradación que requiere de urgente corrección. El mensaje parece claro, en las áreas rurales, algunos fenómenos propios de nuestro tiempo, nominalmente el envejecimiento poblacional y el cambio climático, extreman sus efectos perniciosos y alimentan desigualdades espaciales y sociales de imposible resolución de forma espontánea. Por tanto, es inaplazable que las instituciones públicas asuman sin cortapisas el mandato constitucional de promover el bienestar colectivo y lideren propuestas de reequilibrio territorial que contribuyan a la cohesión económica y social del país.

El análisis se podría encuadrar en el marco convencional de la denominada macroeconomía regional

Esta misma semana, el profesor Lago Peñas presentaba en la Zona Franca de Vigo una sugerente e ilustrativa publicación titulada “Galicia ante el espejo: mitos, realidades y retos económicos”. Una recopilación de las contribuciones personales del autor a los Informes Ardán de los últimos años que pretende ilustrar el comportamiento de Galicia ante los contratiempos del pasado lustro, su posición comparativa en el marco de las diferentes realidades económicas de nuestro entorno y la trayectoria seguida a lo largo del siglo en curso. Todo un reto que el profesor Lago afronta con su habitual pedagogía, aportando una visión de país clara y comprometida, al tiempo que sugiere propuestas consistentes de política económica dignas de consideración. Bien es cierto que el análisis se podría encuadrar en el marco convencional de la denominada macroeconomía regional, pero el autor no rehúye abordar la dimensión territorial de algunas de las cuestiones suscitadas, a la par que en todo momento subyace la percepción de que muchos de los déficits observados para la globalidad de Galicia se radicalizan con claridad en las áreas rurales de nuestra Comunidad Autónoma.

En palabras del propio profesor Lago, el fruto más significativo de su mencionada contribución académica presumiblemente radique en la constatación de una llamativa “anomalía positiva” de la economía gallega, consistente en una pronunciada convergencia a la media nacional de la renta autóctona por habitante, muy a pesar de observarse una merma en el peso demográfico. Un proceso que habría descansado, de forma notable (aunque no exclusiva), en la fuerza competitiva exterior de nuestro tejido productivo local, de conocida vocación familiar, pero capaz de solventar fuera de nuestras fronteras la atonía de la demanda interna. Un empeño encomiable, toda vez que es conocida la recurrente deslocalización de centros de decisión empresarial hacia otras áreas del Estado, atraídos por beneficios fiscales de difícil justificación en términos de equidad.

No obstante, los retos para Galicia no son menores, como se apunta en la referida publicación, y cobran especial relevancia en la medida en que muchos de ellos se traducen en notables desafíos para el reequilibrio territorial y la cohesión social de nuestra Comunidad Autónoma. Porque afrontar la necesidad de reforzar la inversión en I+D, fomentar la innovación productiva, acrecentar la disponibilidad y cualificación del capital humano o redimensionar las empresas autóctonas ganando escala, en un marco de envejecimiento poblacional y cambio climático, es un imperativo de país, pero al tiempo la única salida factible para las áreas rurales, que ven agudizar su brecha con los espacios urbanos. Esperemos que el juego de los consensos institucionales adopte altura de miras.

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