Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Ese fue el resumen realizado por la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, de la cumbre extraordinaria de Los Veintisiete en Bruselas para hacer frente a los dos graves problemas de seguridad y defensa desatados por Estados Unidos desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, su decisión de dejar de ser un socio solidario con la defensa europea, lo que supone la defensa de la democracia y las libertades y el mantenimiento de las fronteras; y abandonar el apoyo a Kiev, con una pinza que entre Washington y Moscú están cerrando sobre Ucrania, a la que exigen más que una paz justa y con seguridad, la capitulación para que cada uno de los países consiga su parte del botín ucraniano: Rusia el territorio conquistado tras la invasión de Ucrania, y Washington un acuerdo sobre los recursos económicos del país, para conseguir la devolución de las ayudas prestadas durante la Administración Biden, con la excusa de que la presencia de sus empresas en el terreno es la mayor garantía para su seguridad.
El cambio de paradigma operado por Donald Trump ha motivado que la Unión Europea, que tantas veces ha sido remisa a poner en marcha una política de defensa común, aunque haya algunos intentos embrionarios de carácter operativos, se ha dado cuenta de que debe afrontar en solitario la financiación de su defensa. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, puso cifras al esfuerzo común que habrá que ponerse en marcha tanto por las propias instituciones europeas como por cada país, que deberá aumentar sustancialmente el gasto en defensa: 800.000 millones de euros. Habrá dinero para proyectos comunes de armamentos, quizá una mutualización del gasto, y sobre todo un compromiso nacional para llegar a los límites marcados por Bruselas.
La propuesta del todavía canciller alemán Olaf Scholz será validada por su sucesor el conservador Friedrich Merz
Ante una situación de crisis de carácter extraordinario, que los líderes europeos han visto como una amenaza para el proyecto de la Unión Europea, Los Veintisiete han decidido dejar de lado uno de los principios que han regido su funcionamiento económico, la exigencia del cumplimiento de las reglas fiscales para que el gasto en defensa no compute en los parámetros de la senda de estabilidad. Incluso Alemania, la guardiana de la ortodoxia, está dispuesta a acometer reformas legales para permitir un mayor endeudamiento. La propuesta del todavía canciller alemán Olaf Scholz será validada por su sucesor el conservador Friedrich Merz. La decisión de los líderes europeos anticipa, sin embargo, intensos debates nacionales sobre un gasto que hasta ahora siempre ha incluido la rebaja de la inversión en el estado de bienestar, la seña de identidad europea.
De lo general a lo particular, de la previsión de que la UE tiene que garantizar su propia defensa se pasó a la situación de Ucrania, abandonada en ayuda militar y de inteligencia por EE UU, a la que los líderes europeos no están dispuestos a abandonar a su suerte y están dispuestos a enviar tropas de paz sobre el terreno para garantizar su seguridad futura, una vez que se alcance la paz, porque no se fían de las intenciones de Moscú. Este debate no ha hecho sino empezar. Como Hungría, la aliada de Putin y Trump en el Consejo Europeo, se opone a cualquier medida de apoyo a Kiev, el resto de países tendrán que buscar una fórmula al margen de la UE y la OTAN para poner en marcha este proyecto, que para Rusia supone casi una declaración de guerra porque, dice Moscú, afectaría a la seguridad de su territorio, lo mismo que el ofrecimiento del presidente francés, Emmanuel Macron de su armamento nuclear como paraguas de seguridad para la UE.
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