La generación rota

TRIBUNA

Publicado: 01 jun 2026 - 06:10
Opinión en La Región
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El pasado sábado 30 de mayo actuó en el Auditorio Municipal de Ourense Rafa Sánchez, el icónico líder de La Unión, un grupo catapultado a la fama en 1984 gracias a la canción “Lobo-hombre en París”, inspirada en un cuento de Boris Vian. Como él mismo ha reconocido en diversas ocasiones, en sus inicios su banda fue catalogada como un grupo de chicos guapos creado por la productora Warner Music. Si bien la trayectoria de La Unión ha sido irregular, el tiempo ha venido a borrar aquellas sospechas iniciales. La biografía de Rafa se encuentra tachonada de tribulaciones relacionadas con el consumo de drogas y la asunción de una homosexualidad incomprendida en un muchacho cuyas fotos durante años decoraron las carpetas de millares de colegialas. Su sinceridad resulta apabullante al hablar de una generación rota, la de los años 80, recordada en nuestro país como una época de libertad, modernidad y cambio. La tan manida Movida pretendía simbolizar una sociedad que quería mirar hacia el futuro tras oscuras décadas de dictadura y represión.

Pero desafortunadamente, para demasiados jóvenes, aquel espejismo optimista pronto se desvaneció en una realidad áspera y dura por el impacto devastador de las drogas y el sida. Entre ellos, siguiendo la estela musical, la heroína y sus secuelas también se llevaron por delante a Enrique Urquijo, de Los Secretos, y a Antonio Vega, de Nacha Pop, por destacar dos ejemplos.

Durante esa década, el consumo de heroína se extendió de manera alarmante por numerosos barrios obreros y ciudades españolas. Lo que comenzó para algunos como una forma de evasión o experimentación terminó convirtiéndose en una tragedia colectiva. La dependencia a esta sustancia provocó un aumento de la delincuencia asociada al consumo, la desestructuración de muchas familias y la muerte prematura de miles de personas. En numerosos hogares, el problema dejó de ser una noticia lejana para convertirse en una terrible experiencia cotidiana.

Por si no fuera suficiente, a esta crisis se sumó la aparición del sida, una enfermedad que en aquellos años estaba rodeada de desconocimiento, miedo y estigmatización. La transmisión del VIH mediante el uso compartido de jeringuillas entre consumidores de drogas intravenosas aceleró la expansión de la epidemia. Muchos jóvenes que habían sobrevivido a la adicción se enfrentaron después a una enfermedad para la que, en aquel momento, apenas existían tratamientos eficaces.

La combinación de heroína y sida tuvo efectos devastadores. Recuerdo que en algunos barrios ourensanos especialmente afectados, como Covadonga o el Jardín del Posío, era habitual que grupos de amigos vieran desaparecer a varios de sus miembros en pocos años. Las estadísticas reflejan una realidad dramática, pero detrás de cada cifra había una historia personal, una familia y un proyecto de vida truncado. La generación de los 80 fue marcada a fuego por esta doble epidemia, causante de profundas heridas sociales. Recordarlo ahora es una forma de reconocer a quienes quedaron en el camino y de evitar que errores similares vuelvan a repetirse.

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